Un Holandés tropical

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«El holandés errante» (1896), de Albert Pinkham Ryder (1847-1917)

El pasado 23 de diciembre tuve ocasión de asistir a la función de El holandés errante que tuvo lugar en el Teatro Real de Madrid, y aunque en condiciones normales no diríamos nada del montaje porque realmente en la AWSG lo que nos importa es la música, en esta ocasión no podemos dejar de comentar esta producción. Dejamos para mejor ocasión un análisis musical, que sin duda esta obra merece por ser la primera obra maestra del autor que da sentido a nuestra asociación.

Dicho esto, he de aclarar que lo que van ustedes a leer está basado en apreciaciones parciales, pues mi entrada era de visibilidad prácticamente nula y por ello me perdí gran parte de lo que ocurría sobre el escenario, sin que las pantallas que hay en el teatro sirvieran de nada, pues el montaje era tan oscuro que no se veía absolutamente nada.

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Vista desde el gallinero

Vamos al grano. Lo primero que hay que decir es que uno ya está cansado de que los responsables de cada producción únicamente piensen en el público que se sienta en el patio de butacas. Es verdaderamente cansino que sitúen sistemáticamente toda la acción de cada ópera en un lateral del escenario, lo que impide a los espectadores de ese mismo lateral ver algo. Quiero pensar que se basan en criterios artísticos, pero lo cierto es que los espectadores del gallinero, como es mi caso, también hemos pagado la entrada, no sólo para escuchar sino también para poder ver algo, y sin embargo eso se nos niega sistemáticamente. Entiendo que pagar menos me da derecho a una localidad con peores prestaciones, pero de ahí a que los directores de escena nos nieguen a todos los que pagamos menos de 65 euros el derecho a ver al menos un pelo de la barba del Holandés, media un gran trecho. No es cuestión de situar siempre toda la acción en el centro del escenario, pero vamos, de ahí a ir sólo a los extremos izquierdo o derecho, sin utilizar casi nunca el centro, pues qué quieren que les diga.

Lo segundo que llama la atención de esta producción es el montaje-ocurrencia que han perpetrado, que, hay que reconocer, no está exento de belleza en algunos momentos, especialmente por la iluminación, que juega en algunos momentos con puntos de luz rodeados de sombra de forma muy brillante, o en el principio, cuando se ve la lluvia que azota el barco de Daland. Es sin duda lo mejor del montaje. Más allá de eso… en fin.

El holandés errante es una ópera que sitúa la acción en un tiempo indeterminado y en algún lugar de la costa de Noruega. Esto se debe, entre otras cosas, a que Wagner estuvo a punto de naufragar en el Mar del Norte debido a una tempestad cuando huía de sus numerosos acreedores en una travesía con origen en Riga y destino en Londres, y ello supuso que el barco fuera arrojado a las costas de Noruega, concretamente a la localidad de Tvedestrand, donde Wagner, con el susto todavía en el cuerpo, recordó la leyenda del Holandés. O al menos así contaba él la historia, que verdaderamente funciona muy bien como anécdota por su componente dramático.

Sabemos que para Wagner el mundo germánico, y el tiempo de las leyendas, lo que Eugenio Trías denominaba mundo imaginante, constituía su escenario favorito, y es donde las leyendas y poemas que recorren su obra operística, es decir, prácticamente toda su producción musical, adquieren su pleno sentido y por lo tanto es en ese mundo imaginante donde se deben ambientar las producciones wagnerianas. De lo contrario, se descontextualizan y vacían de contenido. Es lo que desafortunadamente ocurre con esta producción del Holandés, que sitúa la acción, sin modificar el libreto (ya sería lo que faltaba, pero por lo menos tendría más coherencia con lo que se veía) en Bangladesh. Y más concretamente, en la ciudad portuaria de Chittagong. Es decir, de un lugar limpio y puro (en el sentido de descontaminado), nos trasladan la acción al puerto más contaminado del mundo. De un paisaje cuajado de riscos, peñascos, acantilados, fiordos y bosques con sus trolls y todo, nos trasladan a un paisaje más plano que los Países Bajos (quizá como homenaje inconsciente a la patria del Holandés) pero, a diferencia de éstos, lleno de mierda, de churretones costrosos, de oscuridad permanente (más que en Noruega, lo que, siendo Bangladesh un país tropical, no deja de tener su mérito), del frío escandinavo al calor tropical y de una sociedad cristiana a una islámica.

Ya en el segundo párrafo de las notas al programa, Àlex Ollé, de La Fura dels Baus, proclama que “a la hora de forzar una revisión contemporánea de una ópera como El holandés errante, es imprescindible…” bla, bla, bla. Empezamos bien, como ven. “A la hora de forzar”. He ahí la clave. Qué manía con forzar las historias con ese afán de ser originales. Continúa el Sr. Ollé jurando su respeto por la obra wagneriana y tal, pero con un tono que al menos a mí me recuerda irremediablemente aquel latinajo que decía excusatio non petita, accusatio manifesta. Y así, en efecto, nos transmite que ha intentado imaginar un lugar actual en el que una historia como la que se cuenta en esta ópera fuera posible. Así, se hace preguntas como “¿Puede creer alguien todavía en esta emanación de los infiernos? ¿En qué lugar un padre es capaz de vender a su hija por dinero? ¿En qué lugar la vida tiene tan poco valor que la muerte, a su lado, no es necesariamente una mala opción?” Esas preguntas llevan al Sr. Ollé a concluir que el puerto de Chittagong era la respuesta. Por supuesto, en la civilizadísima Noruega de hogaño no cabe imaginar ninguna burrada, ningún Anders Breivik asesino de setenta y siete personas, ningún padre desaprensivo, ningún creyente en los infiernos. Eso es de pobres, de orientales, que diría Edward Said, y por eso da lo mismo que se aluda a Noruega en el libreto y que toda la historia se desarrolle en el mundo germánico y sólo aluda al sur como idea de lejanía y exotismo, nos llevamos la acción a Chittagong hombre, así dejamos nuestra impronta, que lo que dejara Wagner escrito en el fondo es lo de menos. Total, ya hincó el pico hace tiempo, no se va a quejar.

Más adelante aludiremos nuevamente al aspecto ideológico de este montaje bengalí. Sin embargo, ahora tengo que aludir no tanto a dicho planteamiento, sino al práctico. Confieso que no sé nada de decorados, maquinaria, efectos especiales, etc., pero no puedo dejar de señalar el hecho notorio de que sobre el escenario había nueve toneladas de arena de playa, con lo que pretendía ser una orilla (eso sí se veía desde el gallinero) llena de porquería, algas, alquitrán y mierdas varias (ignoro si había colillas, desde arriba hay que tener una vista de águila para averiguarlo). Además de ver caminar con dificultad a los cantantes, se veía lo que parecía ser polvo en los haces de luz de los focos. Ya digo, ignoro si era polvo real levantado por la arena del escenario o era un efecto especial buscado. Si es el segundo caso, nada tengo que decir. Si es el primero, sin embargo, creo que no se puede hacer peor un montaje operístico. No hay que ser ningún experto para saber que los cantantes necesitan un ambiente con aire limpio, más que nada porque su instrumento es una parte de su propio cuerpo que se lleva mal e incluso muy mal con el polvo y la sequedad. Pero no sólo ellos, los músicos de la orquesta también necesitan un ambiente de aire limpio porque sus instrumentos son delicados. Huelga decir que el polvo se lleva muy mal con los instrumentos musicales, y que la polvareda que se veía ascender del escenario tenía que afectar negativamente a quienes tenían a su cargo transmitirnos la obra que compuso Wagner.

Otra cuestión práctica que merece un comentario es la gracieta de poner a los cantantes a descender mientras cantan por una escala bien empinada, no sé si con la inconfesable y perversa intención de ver cómo cae rodando y se rompe la crisma algún cantante que tal vez cae mal al director de escena. Vaya pedazo de escalera que se gastaron en esta producción. Para haberse matao, oigan. Tal vez algún día algún cantante alce la voz (nunca mejor traído) contra estos caprichos de directores de escena, pero hoy por hoy parecen adormilados, no sé si por sus cachés y sus bolsillos llenos o por alguna otra e inconfesable razón. Ellos sabrán. Yo desde luego no lo pasaba tan mal desde que en una representación de Don Giovanni, también en el Teatro Real, quien hacía de Doña Ana, o de Doña Elvira, o de Zerlina, no lo recuerdo bien, cantaba una de las arias principales de la ópera mientras daba vueltas en una bicicleta alrededor del Don Ottavio o del Masetto de turno.

Ya tienen ustedes, pues, la imagen, un escenario como para representar un apocalipsis zombi mientras suena la excepcional música del Holandés, una escalera rompecrismas y un paisaje plano, polvoriento, oscuro y cutre. Y en ese momento es cuando el timonel comienza su famosa y preciosa canción, Mit Gewitter und Sturm aus fernem Meer mein Mädel, bin dir nah!, canción que tiene lugar en el original en el puente del barco de Daland, el capitán del barco noruego. Pero a estas alturas qué más daba ya, que cante en la playa, que para eso hemos llevado una hasta Madrid y hay que amortizarla. En esa canción el timonel alude al viento del sur, a tierras y mares lejanos, y más concretamente, dice: “En costas sureñas, en tierras lejanas, he pensado en ti; a través de truenos y tormentas, desde playas moras te he traído un presente”. Énfasis añadido, que dirían los juristas. Un pequeño detalle sin importancia, pero claro, que en un barco noruego se aluda a las playas moras como sinónimo de lejanas, sureñas, exóticas, tiene sentido. Que se haga lo propio en un barco bengalí camino del desguace en Chittagong, pues francamente… de acuerdo, Bangladesh es hemisferio norte y queda mucho planeta hasta llegar a la Antártida, pero creo que la historia no iba por ahí.

Llegamos al momento en que se produce la entrada en escena del Holandés y su famoso trato con Daland, por el cual éste entregaría a su hija al Holandés. En el montaje se nos plantea como una venta por dinero, es decir, un matrimonio forzado de una joven con un viejo verde a cambio de riquezas. Sin embargo, si acudimos una vez más al libreto, esta visión contemporánea se desmorona, resurgiendo la visión romántica de Wagner, pues cuando el Holandés pregunta si le negarían echar el ancla tras tan arduo viaje, Daland responde: “¡Dios no lo quiera! Los marineros conocen bien la regla de la hospitalidad”. Es decir, el Holandés no tiene que comprar a Daland, pues éste desde el principio se muestra hospitalario y abierto a prestar ayuda. Es cierto que queda deslumbrado por las riquezas del Holandés y que muestra cierta codicia, pero de ahí a trasladar una leyenda y una visión romántica al mundo contemporáneo de los matrimonios forzosos en oriente no deja de ser una frivolidad. Sobre todo porque a Senta, la protagonista femenina de la ópera, realmente no le obliga nadie a nada. De hecho, antes siquiera de que el Holandés conociera la existencia de Senta, ofrece sus riquezas a Daland a cambio de hospitalidad por una noche, de modo que la idea del matrimonio viene después, no es el precio que Daland debe pagar para conseguir parte de esas riquezas.

Sacar el matrimonio forzoso de su contexto original noruego no deja de ser un rasgo que trasluce cierta arrogancia. ¿Nos incomoda tanto nuestro pasado? Parece que el concepto de matrimonio forzoso y acordado por los padres sin tener en cuenta la opinión de los afectados nos es completamente ajeno, pero a lo mejor echando la vista atrás descubrimos que no hace tanto que sucedía en nuestro ejemplar e inmaculado Occidente.

Y así llegamos al momento más evidente del disparate de montaje que han hecho. El segundo acto comienza con un coro de mujeres que esperan a los marineros mientras hilan junto al fuego, y en su canto aluden precisamente a la rueda: “Zumba y gira, buena rueda”, dicen. Decía el Sr. Ollé en sus notas al programa: “Los fantasmas de El holandés errante rezuman de sus sentinas y lo impregnan todo. Son el alma de la sociedad capitalista embarrancada en los escollos del siglo XXI. Es «lo otro» de nuestra sociedad, una mirada al otro lado del espejo de Occidente”. Toma ya. Toma frase. Toma frase pomposa y vacía, carente de significado. El párrafo sigue, pero excede mis capacidades de glosa. Lo que llama poderosísimamente la atención es que el Sr. Ollé no cayera en la cuenta de que en el Bangladesh del siglo XXI precisamente una de las actividades económicas principales es la textil, y tal vez haber puesto unas ruecas, o unas máquinas de coser cutres en un taller clandestino, ya que queremos “forzar” una visión contemporánea de esta ópera, hubiera sido mucho más apropiado que poner a unas mujeres vestidas con saris zarrapastrosos limpiando cacharros (eso es lo que parecía desde el gallinero) en una playa guarrindonga llena de porquería. Pero claro, hay que amortizar la playa, que en Madrid queda mu lejos.

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Playita en Chittagong con sombrillita y todo

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Saris zarrapastrosos, orilla apestosa… no me voy a Chittagong

Siguiendo con la descontextualización de la obra, nada mejor que situar una fiesta de marineros ebrios y sedientos de alcohol y mujeres en un país musulmán. Los devaneos de los marineros noruegos hubieran exigido una aplicación estricta de la sharia, finalizando ahí la representación. Hubiera sido lo más coherente. Pero bueno, a estas alturas si hay que poner una nave alienígena o una tribu de caníbales, se pone y punto. Las mujeres hacían movimientos de danza india mientras sonaba la música de Wagner. Como la paella esa de chorizo con marisco, sólo que además con un poco de curry y un chorrito de anís del mono. Más o menos así era el mejunje que quedaba.

El despiporre llega con el final de la ópera. Claro, imagínense, Senta vivía en un pueblo rodeado de riscos y acantilados, y ahí es fácil suicidarse lanzándose al vacío. En el caso de Bangladesh, hay muchas formas posibles de suicidio, pero lanzarse desde una roca no parece una de las más fáciles, básicamente porque es todo plano y arenoso. Por eso, y para seguir amortizando la nueva playa de Madrid, Senta permanece en la playa haciendo como que se muere, pero sin saltar ni nada (a lo mejor los músicos ya estaban hartos de tragar tanto polvo), y por lo tanto tampoco se ve (o al menos desde el gallinero) el barco del Holandés sumergiéndose en el mar y emergiendo con el Holandés y Senta abrazados, una vez que el desafortunado marino ha sido redimido por la mujer, que le ha sido fiel hasta la muerte.

En conclusión, todo este montaje tan forzado me recuerda ese momento de aquella magnífica película, Gracias por fumar, en que surge una idea para promocionar el tabaco después de un polvo interestelar protagonizado por Brad Pitt y Catherine Zeta-Jones. Aquí el momento en que se expone la idea de la supuesta película. Bien, pues eso es lo que La Fura dels Baus ha hecho con esta ópera de Wagner, sólo que, en lugar de un polvo interestelar, se trata más bien una paja mental, cosa que tiene menos gracia y, francamente, menos interés.

Das Liebesverbot, o La prohibición de amar, en el Teatro Real

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Das Liebesverbot

Hacía tiempo que no publicábamos nada en esta imprescindible página para el wagnerianismo profundo del mundo mundial, y ciertamente la programación de la segunda ópera de Wagner, Das Liebesverbot o La prohibición de amar, en el Teatro Real, nos ofrece una magnífica oportunidad de volver a ofrecer a nuestros seguidores nuestro punto de vista sobre un asunto wagneriano, en concreto y en esta ocasión sobre esta obra, así como sobre el montaje que ha hecho el teatro madrileño.

En parte, lo que van a leer ustedes no deja de ser una especie de glosa de las notas al programa que Chris Walton ha elaborado para la ocasión, que no podemos reproducir aquí por motivos obvios, pero que citaremos convenientemente para que ustedes sepan a qué nos referimos en cada momento.

La génesis de esta obra

Normalmente, el gran público, y muchos autores que escriben sobre Wagner, dividen la producción wagneriana en tres etapas, siendo la primera la que componen El holandés errante, Tannhäuser y Lohengrin. Después vendría una época intermedia en la que verían la luz las dos primeras obras que componen el Anillo, más el Tristán y Los maestros cantores de Nuremberg. Seguiría una etapa de madurez en la que alumbraría las dos siguientes obras del Anillo, culminándose con Parsifal. Sin embargo, suele olvidarse su etapa formativa, en la que, además de su muy poco conocida obra instrumental, encontramos tres óperas, Las hadas, La prohibición de amar y Rienzi. Ninguna de estas tres es especialmente conocida, salvo quizá, y sólo de nombre, la última, siendo asimismo las tres muy poco representadas en la actualidad.

Las hadas, primera ópera completa y completada de Wagner, fue terminada en 1833, cuando Wagner apenas contaba con veinte años y dirigía el coro de Wurzburgo. Esa ópera, de inspiración weberiana, nunca se estrenaría en vida de Wagner. No sucedió así con su siguiente creación, si bien no puede decirse que fuera un éxito, como veremos más adelante.

Basada en una obra de Shakespeare, Medida por medida, Wagner la adaptó él mismo porque no podía permitirse pagar a un libretista y porque pensaba que él podía hacerlo mejor, como nos recuerda Chris Walton. Comenzada en 1834, Wagner esbozó el libreto mientras tomaba las aguas en el balneario de Teplice, y antes de continuar con lo que más adelante sería su proceso de creación habitual, es decir, la redacción en verso del libreto, composición y, finalmente, orquestación, recibió una oferta de trabajo para ocuparse de la dirección musical del Teatro de la Ópera de Magdeburgo.

Wagner debió de pensar que le sería más fácil dirigir a los músicos a partir de una obra suya, que, naturalmente, él conocería mejor que nadie. Y puede que por ello reemprendiera la composición de esta obra, que concluyó posiblemente al principio de 1836. El 29 de marzo de aquel año tuvo lugar el estreno, pero todo salió mal, pues uno de los cantantes olvidó el texto de la obra y tuvo que improvisar, y la segunda función no llegó a celebrarse, pues antes de que se levantara el telón, una trifulca entre los cantantes impidió que la representación tuviera lugar. El resultado fue un desastre económico para Wagner, y supuso el encierro de la partitura en un cajón durante el resto de su vida, su precintado en el vacío (qué mejor lugar que Magdeburgo para eso). Un destino quizá algo injusto, pues a pesar de tratarse de una obra formativa, y pese a estar a años luz de sus grandes obras maestras, no deja de tener interés e incluso un punto realmente divertido, resaltado por el montaje del Teatro Real.

Sinopsis

Das Liebesverbot es una ópera en dos actos, dos actos originalmente poco equilibrados entre sí, como demuestra el hecho de que, como recuerda Chris Walton, una representación completa del primer acto, sin ningún corte, supondría una velada de cuatro horas, nada menos. Por ello se ha “estandarizado” una versión con algunos cortes que no perjudican en nada la obra, sino que la realzan, quedando así en una hora y media. El segundo acto, por su parte, dura en torno a una hora. El dato de la duración es interesante, porque muestra la tendencia wagneriana por la gran escala, y de hecho el título de la obra se ve completado por la apostilla “große komische Oper”, y es que todo en Wagner tiende a lo große.

El argumento de la ópera toma como base, como ya hemos dicho, la obra de Shakespeare Medida por medida, que en su texto original sitúa la acción en Viena. Comoquiera que en el siglo XIX la visión idealizada por parte de los románticos alemanes del sur de Europa, fomentada por viajeros como Goethe y compartida por otros personajes no sólo alemanes, pretendía que los pueblos mediterráneos vivían, en unas elocuentes palabras citadas por George Orwell en El camino de Wigan Pier, “entre olivos, vino y vicios”, Wagner optó por trasladar la acción de la obra desde la seriedad centroeuropea (si es que tal puede predicarse de una ciudad como Viena) al despiporre siciliano, instalando a los personajes en Palermo. No obstante, en un guiño a esa seriedad centroeuropea que ha de contener las pasiones, el malo de la historia pasa de llamarse Angelo en el original shakespeariano a gobernador Friedrich en la obra wagneriana. Resumiendo: el rey ha partido en viaje y ha encomendado al severo juez Friedrich que gobierne la ciudad en su ausencia. Friedrich impone la mano dura y prohíbe los carnavales, poco menos que sagrados en Palermo. Hombre de rectitud moral a prueba de tentaciones (o eso parece), la visión del desenfreno provocado en esa fiesta pagana le resulta vomitivo y decide impedir a toda costa el libertinaje. Así, la policía comienza a detener a personas por la calle cuando están bailando y bebiendo, y entre ellos se llevan a Claudio, un joven que estaba restregándose con su novia en pleno carnaval, y todo indica que le van a juzgar y condenar a muerte. Claudio recurre a su amigo Lucio, al que encarga que vaya al cotolengo (no sabemos si el de Santa Eduviges) en el que reside su hermana para que pida a ésta que interceda por él ante Friedrich.

Ahí empieza la segunda escena, que nos muestra a Isabel, la hermana de Claudio, que comparte celda con Mariana, quien en realidad es la esposa de Friedrich, pero una esposa despechada que ha ingresado en el cotolengo después de que su marido (aquí hay una anomalía en el argumento, porque un tipo tan moral y todo eso es absurdo que vea pecado en el lecho conyugal sobre todo cuando hay abstinencia, pero en fin). Aparece Lucio por allí y, naturalmente, se enamora de Isabel nada más verla. Isabel decide, al escuchar la historia, ir a hablar con Friedrich.

Después hay un cambio de escena, en la cual uno de los policías, Brighella, jefe de la policía, es seducido por Dorella, una tabernera, y a punto está de montarse un numerito con collar de perro incluido en la sala de vistas, pero aparece Friedrich, que reprende su exceso de celo a Brighella y le conmina a no repetir la iniciativa de celebrar juicios a los detenidos (esa era la intención inicial del súpermadero, intención que “evoluciona” a su manera). Y ahí comienza la ronda de juicios. Cuando Friedrich está a punto de pronunciar un veredicto, aparece Isabel para suplicar por la vida de su hermano, y Friedrich acaba por acceder a la petición de la monja de mantener una entrevista privada

¿Adivinan lo que pasa? En efecto, como dice Sean Connery en El primer gran asalto al tren (¿o era Donald Sutherland?), “ningún caballero respetable es tan respetable”, y eso es exactamente lo que sucede aquí. Así, en una actitud digna del mismísimo Scarpia, y sin pretenderlo Isabel, Friedrich se pone a cien (ah, pervertido, montárselo con una monja en un despacho con muebles de estilo remordimiento, sueño erótico recurrente de tantos hombres en general y de tantos servidores de la ley en particular…) y le acaba diciendo a su objeto de deseo que liberará a Claudio si la monja acepta montárselo con él. Podríamos hacer aquí una dignísima tesis doctoral en una universidad española de excelencia suministradora de créditos en la que podríamos analizar el poder en Wagner, su erótica, la arbitrariedad y tal, pero a estas horas de la noche nos da cierta pereza hacerla. El caso es que Isabel acaba por aceptar, pero idea un plan: que su compañera de celda, Mariana, se haga pasar por Isabel y se lo monte con el salido de su esposo, y que en ese momento se descubra el pastel, quedando así en evidencia. No destripamos nada si decimos que eso es lo que efectivamente sucede al final. En resumen, mezcla de fantasías retorcidas que generan prohibiciones en otros, el poder, la arbitrariedad, son los ingredientes de esta obra.

En el segundo acto, Isabel visita a Claudio y le cuenta lo que le ha dicho Friedrich. Claudio finge escandalizarse, pero al final la desesperación de ver cerca al de la guadaña le lleva a implorar a su hermana que acceda a la petición del malvado Friedrich. Isabel, entre decepcionada y enfadada, decide no contarle el plan a su hermano. Friedrich, por su parte, en una actitud que vuelve a recordar al malvado Scarpia, decide mantener su condena a muerte para Claudio, de modo que nadie pueda dar crédito a que se lo ha montado con una monja a cambio de la vida de un condenado.

Claudio and Isabella 1850 William Holman Hunt 1827-1910 Presented by the Trustees of the Chantrey Bequest 1919 http://www.tate.org.uk/art/work/N03447

William Holman Hunt (1827-1910): Claudio and Isabella

El pueblo de Palermo, mientras, desobedece a Friedrich y celebra el carnaval por toda la ciudad, y de hecho el propio Friedrich, para pasar desapercibido, se disfraza, lo mismo que otros esbirros como Brighella. Friedrich va a montárselo con la que en realidad es su mujer, mientras ésta entrega la carta que Isabel cree es de liberación de su hermano, en la que Friedrich confirma la sentencia de muerte. Aquí viene como anillo al dedo la frase de Shakespeare que contiene esta obra, «¡Mal haya el que arranca vidas por pecados que él codicia!». Isabel mira la carta y ve la traición de Friedrich, de modo que invoca al pueblo y desenmascara al malvado gobernador, quien suplica que le ejecuten por la vergüenza que siente, pero como esta vez toca “happy end”, le perdonan la vida, Claudio es liberado, Lucio se queda con la monja, Mariana con el Friedrich ese (no sabemos si puede calificarse eso como final feliz), y Brighella con Dorella (novia despechada de Lucio).

Interpretaciones sobre el final

Comenta Chris Walton en el programa de mano que el mensaje de esta ópera es la celebración no del amor libre, sino del amor conyugal, pues al final todos se casan o reanudan su vida en común. Tiene sentido esa interpretación, especialmente cuando nos recuerda que Wagner, en aquellos años, andaba detrás de las faldas de la que fue su mujer durante mucho más tiempo que Cosima Liszt, Minna Planer, la verdadera mártir que sufrió la época más dura de Wagner en todos los aspectos, y con quien se casó en aquel año de 1836, pero nosotros no lo tenemos tan claro. Después de todo, el pueblo se sale con la suya y celebra el carnaval, después de enfrentarse con un poder tiránico que es derrotado. Al final, hace su aparición el rey, aunque es un papel mudo, que ve con agrado todo, tanto el carnaval como los distintos matrimonios que se avecinan (en suma, la restauración de las tradiciones). Pero no olvidemos que entre esos matrimonios está el de una monja con un macarra acomodado (un señorito, en suma), el de una semimonja (¿o monja por completo?) ya casada (bígama ella, pues está casada a la vez con Dios y con un humanoide como Friedrich) que recupera a su marido, que es un capullo, un tirano y un hipócrita, el de un poli que bebe los vientos por una empleada de un mesonero experta en seducir a hombres, y el de Claudio, un vividor que puede seguir dale que te pego y su novia Julia (que no aparece) con la cual ha tenido un hijo fuera del matrimonio. La obra, pues, no es que celebre el amor conyugal, sino que celebra una salida para esas uniones inaceptables para el público burgués. Pero si la obra debía acabar “bien”, dentro de que estamos en una ópera cómica (pero große, no lo olvidemos) compuesta en la Alemania profunda del primer tercio del siglo XIX, ésta era en realidad la única posibilidad. Y encima, cada pareja surgida de la trama, permanece en su clase social, como ejemplo del curso natural de los acontecimientos en una sociedad de bien.

Por ello, aun cuando es verdad que triunfa el sistema, que acaba por integrar a esos descarriados que protagonizan la trama, no es menos cierto que la ópera contiene un mensaje bastante explícito de celebración de la libertad e incluso del sexo y el placer que sólo se medio disfraza para acallar las conciencias de las almas burguesas de la época con esa cascada grotesca de matrimonios, en un final casi de tebeo o de película a lo Espías como nosotros. Realmente sólo faltaba Chevy Chase ahí.

Montaje del Teatro Real, 2016

No hablamos habitualmente de los montajes, pero éste quizá merece la pena comentarlo al menos brevemente. Ya antes de subir el telón se nos advierte de la presencia que va a tener la tecnología en el montaje, y es que sobre el telón aparece un cuadro clásico con el busto de Wagner, que va moviéndose, tanto la boca como los ojos y la cabeza. Es quizá la primera vez que vemos un montaje de una obra de Wagner en la que se utilizan decorados contemporáneos (pero con un toque arcaizante) que encajan perfectamente con la acción. Con un fondo de escaleras casi surgidas de la imaginación de Escher, en general se va desarrollando toda la acción. En el escenario había una cinta transportadora en movimiento que sirve no sólo para meter y sacar diversos elementos del montaje, sino también para hacer las veces de camino de los cantantes, pero resulta a veces molesta porque además uno piensa en los cantantes que tienen que cantar a la vez que andan y están pendientes de no tropezarse con la dichosa cinta, pero el resto del montaje es muy bueno, está lleno de sentido del humor y guiños a nuestro mundo contemporáneo, como la utilización de twitter para comunicar la prohibición de los carnavales. Pero lo que de verdad merece una mención aparte es el final. Cuando Friedrich ha sido desenmascarado y el pueblo celebra el carnaval, se proyecta una imagen de un avión que lleva escrito “Bundesrepublik Deutschland”, del cual se apea… Angela Merkel. Cabe hacer varias lecturas de esto. La primera, reafirmar la percepción que los viajeros de distintos países del norte de Europa durante el siglo XIX transmitían sobre los pueblos mediterráneos. Es decir, refuerzan un estereotipo desde un punto de vista cómico que lo ridiculiza. Esa lectura tendería a reforzar por tanto el papel de “hermano mayor” del rey, en este caso reina Merkel. La segunda lectura es que es sencillamente un despiporre que no merece la pena analizar desde tantos puntos de vista. Otra lectura podría ser la que efectivamente hace Chris Walton. Y sí podemos seguir con elucubraciones diversas hasta el fin de los tiempos.

La música

Das Liebesverbot es la obra de Riccardo Wagneretti, podríamos decir. En efecto, no hay apenas rastro del Wagner del futuro, salvo un único momento, a juicio de quien suscribe, que tiene lugar cuando Lucio va al convento en el que está Isabel. Ahí puede adivinarse (pero el fragmento dura un minuto o menos) algo de lo que está por venir.

Entendámonos. No es que no haya rastro, es que estamos ante un músico en formación que maneja bastante bien la orquesta, pues el sonido que logra es bastante compacto y equilibrado, siendo por lo tanto un muy buen producto en ese sentido, y tampoco vamos a encontrar recitativos a lo Rossini ni parones prolongados en la música como los de Weber para dar lugar a momentos puramente teatrales (al menos en la versión resumida presentada en el Teatro Real, que no pierde nada. Pero sí encontramos arias, cosa que no aparecerá ya en las obras wagnerianas a partir de Tannhäuser y sobre todo de Lohengrin, y momentos musicales mucho más propios de la ópera italiana que de la alemana. Es decir, se acerca más a Donizetti que a Weber.

Según Walton, sí hay un atisbo de Leitmotif, que sería un motivo cromático descendente que representaría precisamente la prohibición del amor, pero es tan leve su presencia que cabe preguntarse si realmente podemos referirnos a ello como Leitmotif. Quizá el mejor momento musical lo encontramos, además de en la obertura, en el segundo acto, cuando Isabel acaba de visitar a su hermano y se aprecia el ambiente festivo en las calles, sonando de nuevo los motivos escuchados ya en la obertura, con una orquestación muy eficaz y un ritmo realmente trepidante (vendría a ser la antítesis del ritmo parsifaliano, casi como la versión vital de la Sonata Les quatre âges de Alkan); en el enlace de más abajo está a partir de las 2 horas y 5 minutos de grabación.

 

En definitiva, una obra que merece la pena conocer, si bien evidentemente más como curiosidad y para acercarse más a la figura de Richard Wagner que para extasiarse con ella. Para todos aquellos interesados en esta ópera, que nunca hayan tenido ocasión de escucharla, he aquí un enlace para que puedan hacerlo: Das Liebesverbot

 

… y el Festival Antibayreuth pasó

Queridos seguidores de la AWSG: llevamos tiempo sin publicar nada en esta página, pero no por eso estamos inactivos. Ante todo, tenemos que comentar que nuestro Festival Antibayeruth 2015 resultó un éxito tremendo de público, con un aforo que se mantuvo durante prácticamente todos los días en cotas muy elevadas. Y sobre todo, finalmente, la Tetralogía para piano solo, nuestra versión de la Tetralogía, vio finalmente la luz.

Créannos si les decimos que esto ha constituido un estreno absoluto en este formato, pues en ningún lugar del mundo se ha estrenado esta gigantesca obra en versión para piano solo.

Como todos los que nos conocen saben, no se trata de reproducir la obra completa, pues las duraciones de cada parte de la Tetralogía exceden con mucho las posibilidades de los dos músicos que hacemos posible la AWSG, pues no disponemos de los medios logísticos que harían posible semejante empresa. Asimismo, lo que hemos logrado ha sido transmitir la esencia de la Tetralogía a quienes han asistido a nuestros eventos, tanto por las explicaciones de cada obra como por las versiones musicales, que han presentado lo más importante de cada obra, destacando los leitmotive más importantes, así como sus transformaciones y metamorfosis a lo largo de la Tetralogía.

Deseamos agradecer al público tanto su asistencia al Festival, pues sin él no tendría sentido nuestra labor, como el cariño y el entusiasmo que mostraron a lo largo de todo el ciclo de verano llevado a cabo por la AWSG con el apoyo de la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial.

La AWSG ya tiene fechas para el Festival AntiBayreuth

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Por fin podemos anunciar el inicio de esta esperada edición del Festival AntiBayreuth, que alcanza, como festival wagneriano de San Lorenzo de El Escorial, su cuarta edición. Esta ocasión es, sin duda alguna, la que va a contar con la novedad que hace que esta edición vaya a ser la más interesante de todas: el estreno de la versión que hemos preparado de La Walkiria, una versión que incluirá los dos primeros actos de la primera jornada de la Tetralogía.

De este modo, por fin podemos decir que habremos llevado a efecto el estreno mundial de la versión para piano solo de la Tetralogía, no de la versión literal, lo que nos llevaría mucho más tiempo del que disponemos, sino de las versiones sincréticas que presentamos ante el público y que incluyen lo esencial de cada obra, al menos de lo que nosotros entendemos por lo esencial.

El programa definitivo es el siguiente:

  • Lohengrin, lunes 20 de julio a las 19:00 h.
  • El Oro del Rin, miércoles 22 de julio a las 19:00 h.
  • Requiem alemán, de Johannes Brahms, jueves 23 de julio a las 19:00 h.
  • La Walkiria, miércoles 29 de julio a las 18:30 h.
  • Sigfrido, lunes 3 de agosto a las 19:00 h.
  • El Ocaso de los Dioses, sábado 8 de agosto a las 12:00 h.

Por otra parte, y ligado al Festival, en esta ocasión la AWSG convoca un concurso de relatos con temática wagneriana a partir de un inicio dado que será publicado en breve, junto con el resto de condiciones y plazos. El premio consistirá en una dedicatoria de una transcripción para piano de alguna obra wagneriana elaborada para la ocasión.

Por último, dada nuestra carencia crónica de fondos, y dado que no hemos podido poner en marcha en esta ocasión una campaña de crowdfunding, exhortamos a todos aquellos que deseen ser mecenas del Festival o de alguno de los conciertos a que donen la cantidad que deseen a nuestra asociación, para lo cual no tienen más que entrar en nuestra web y pinchar en cualquier botón donde lean PayPal, dona o donate. Nada más abrir la página, justo debajo de la foto del castillo de Neuschwanstein, a la izquierda, hay un botón que lleva a una pasarela de pago segura. Si no desean utilizar la opción de PayPal, pónganse en contacto con nosotros (awsg@outlook.com) y le facilitaremos nuestro IBAN.

Muchas gracias y hasta pronto. Nos vemos, como siempre, en la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial, C/ Floridablanca, 3, 28200 San Lorenzo de El Escorial. Los conciertos entre semana empezarán a las 19:00 h., excepto a Walkiria (29 de julio), que comenzará a las 18:30 h. En sábado la función comenzará a las 12:00 h.

La cabeza de Haydn: estudio frenológico de la cabeza del hermano masón Joseph Haydn. Años de peregrinaje

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En memoria de la cabeza del maestro Haydn, que hizo vida propia a su pesar, conoció, cual enano de colores de jardín de la película Amelie, insólitos lugares post mortem, recorrió mundo de aquí para allá y llevó una vida loca tropical que su propietario en vida le negó

En los albores del futuro, cuando la máquina de vapor aún no trasladaba a los ciudadanos desde Rottenburg a Friburgo, cuando las nuevas máquinas aún no surcaban el Mississippi y la electricidad aún no excitaba las mentes calenturientas del biempensante hombre de la calle, pero, eso sí, cuando la Ilustración y sus representantes estaban a punto de iniciar la Revolución Industrial, una nueva manifestación del conocimiento, una nueva Ciencia, así, con mayúscula, nacía en las profundidades de la vieja Europa, en el Imperio Austrohúngaro, donde los mitos de la antigüedad eran admirados y estudiados, donde las vetustas costumbres seguían siendo transmitidas desde hacía siglos, donde las abuelas contaban los cuentos antiguos hablando de la baba yaga para asustar a los niños, donde, en definitiva, las viejas tradiciones tenían cabida con la nueva modernidad que arrasaba los cimientos de la vieja Europa, provocando, que diría un carlista, una era de desarraigo. Esta nueva ciencia, que con tanta fuerza había irrumpido en los círculos de intelectuales, en las logias masónicas, entre los ciudadanos parisinos y sus cafés, entre los científicos racionalistas ingleses, se conocería como craneología o, más exactamente, frenología.

Esta disciplina, que se basaba en las proporciones anatómicas del recipiente pensante que la naturaleza en su gracia y excelsitud nos ha dado de manera franciscana, dejaba conmocionadas a las comunidades intelectuales empiristas y naturalistas, hijos de la Ilustración, de la Razón, de la Revolución Francesa, de los millones de litros de sangre procedentes de las guillotinas gratuitas que hubo que pagar como precio para dar paso a un nuevo orden; esta disciplina, pues, había encontrado una nueva ciencia en la que desarrollarse plenamente.

Uno de estos centros de ilustración científica centroeuropea se encontraba en la profundidad de los dominios de los santísimos y catolicísimos y meapilísimas Habsburgo, en el biempensante Imperio Austríaco. En plena época Biedermaier, en plena época Brontë, de romanticismo Jane Eyre, Mesdames Recamier de perfiles puestos en divanes, con el elegante estilo imperio de Percier y Fontaine que tanto agradaría a Josefina, como una Carla Bruni moderna, existía un reverso tenebroso del cual no había retorno, el imperante futuro llamaba a la puerta, que bien diría todo un Beethoven.

Como decimos, en esas provincias, en los principados húngaros de los Esterházy, trabajaban junto a los Haydn y a los ministriles de turno, dos visionarios de mentes privilegiadas, que cual egregio doctor Avernaticus Ambrosius, de la Universidad Königsberg, hacían progresar a base de sierras, puntapiés y golpes nocturnos de palas, la ciencia de la humanidad. Joseph Carl Rosenbaum, antiguo secretario de la familia Esterházy, y Johann Nepomuk Peter, alcaide de la prisión de la Baja Austria, se habían embarcado en unos estudios científicos tremebundos en pro de la humanidad, con un rigor desconocido para la época (y aún diríamos más, también para la nuestra). La nueva ciencia exigía sacrificios, y cual entes nocturnos, hijos de la noche (what music they make!) y criaturas avernáticas aberradas, debían, como decimos, en pro del progreso, desenterrar cadáveres, acudir a cementerios, cuando no directamente a las cunetas olvidadas de los caminos, para afanarse en poseer los miembros biempensantes superiores, es decir, la noble testa.

Así había de suceder con la testa del viejo Haydn, la cual había conocido durante su vida terrenal a Rosenbaum, interviniendo en su favor ante los Esterházy para que el sr. secretario pudiera casarse con la soprano Therese Gassmann.

Rosenbaum y Peter, en una oscura noche vienesa de un 4 de junio, acudieron al cementerio de la torre del perro, o, dicho mejor en alemán, Hundsturm (aunque nos gusta más la más libre e incorrecta traducción «tormenta de perros»), donde los restos de Herr Haydn reposaban desde su muerte, acaecida el 31 de mayo de 1809, cuando Austria se encontraba ocupada por las tropas de Napoleón. Por ello el acontecimiento no fue especialmente sonado. Y por ello, posiblemente, no había nadie acompañando al sepulturero cuando en esa tenebrosa y calurosa hora nocturna del mes de junio de 1809 nuestros dos amigos, secretario y alcaide, instigaron la profanación de la tumba de Herr Joseph Haydn en busca de su cabeza. Parece ser que el cadáver se hallaba en un estado de descomposición muy avanzado, de modo que el espectáculo debió de ser un tanto desagradable, mezcla de olores, fluidos salpicando y huesos aserrados con virutas saltando al rostro del Áigor de turno, en este caso el sepulturero, un tal Jakob Demuth.

Admiradores de Franz Joseph Gall (1758-1828), uno de los padres de la frenología, pero investigadores por libre (por decirlo de alguna manera), Rosenbaum y Peter seguían a pies juntillas las enseñanzas de esta noble ciencia, hoy en día desacreditada (hasta que algún nuevo gran gurú vuelva a ponerla de moda), según la cual las capacidades mentales se asociaban con aspectos de la anatomía craneal.

Sin embargo, lo primero que hicieron nuestros investigadores, dignos de poseer todo un DEA (Diploma de Estudios Avanzados, para los no versados en la materia) de una universidad hispánica de excelencia, dada su investigación práctica, y aun diríamos más, practiquísima, no fue descubrir los conductos del genio ni averiguar cuán desarrollada estaba la parte de su cráneo dentro de la cual se hallaba la zona de su cerebro en la que se alojaba la capacidad musical, no. Lo primero que hizo Herr Rosenbaum al ver el tétrico espectáculo fue vomitar, mientras a Peter le daban unas arcadas de todo punto comprensibles.

Según Else Radan Landon («Haydn’s skull,» article in David Wyn Jones, ed., Oxford Composer Companions: Haydn», Oxford, Oxford University Press, 2009), nuestros héroes de la ciencia examinaron la cabeza durante una hora, y después la maceraron y blanquearon, tras de lo cual Peter, en un alarde de tecnicismo y conocimiento, declaró para la posteridad que las protuberancias de la música estaban “plenamente desarrolladas” (ignoramos si nuestros investigadores llegaron a alguna conclusión más). En septiembre, Peter colocó su trofeo entre sus posesiones más preciadas en su colección de reliquias, dentro de una urna negra coronada por una lira. Sin embargo, con el tiempo Peter se mostró menos devoto de su colección, traspasándosela a Rosenbaum, quien las pasaría canutas cuando, en 1820 se presentaron en su casa unos agentes que buscaban el cráneo. En efecto, el príncipe Nikolaus Esterházy II deseaba trasladar el cadáver de su siervo, el gran Franz Joseph Haydn, a Kismarton, hoy en día Eisenstadt, y claro, el pastel que se encontró en la tormenta de perros, o torre perruna, como más les guste, fue dantesco. Un cadáver descabezado yacía en un ataúd en el que debía estar Herr Haydn, con su peluca y todo. Pero no. El príncipe no tardó en sospechar de Peter y Rosenbaum, y por ello registraron la casa de ambos. El cráneo se hallaba en un colchón de paja en la casa de Rosenbaum, y encima del colchón se situó su esposa, Frau Therese Rosenbaum, nacida Gassmann, que estaba supuestamente menstruando, lo que provocó que los agentes le dejaran en paz. Así, el príncipe hizo introducir en el ataúd de Herr Haydn un segundo cráneo, sin que conste la identidad de su dueño.

Herr Rosenbaum falleció en 1829, y desde entonces el cráneo fue pasando de mano en mano, hasta acabar en la sede de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena, donde podía ser admirado por los visitantes. Y así siguió, descansando en una urna de cristal hasta que por iniciativa del descendiente del príncipe Nikolaus Esterházy II, Paul, en 1954 el cráneo volvió a reencontrarse con sus añorados restos… y con la otra cabeza, acabando así un periplo de casi 150 años. Si buscan «Haydn’s head» en imágenes en cualquier buscador, encontrarán fotos del cráneo y de la ceremonia de «entierro» del cráneo, en la que por cierto, comprobamos con desolación que el cráneo iba sin peluca, algo inaceptable para una figura de tanto renombre y fidelidad peluquil como nuestro compositor austromasón. Sea como fuere, no las publicamos por si las sgaes, pero busquen, busquen.

Por último, no nos creamos que aquí, a este lado de los Pirineos, donde la tradición católica, apostólica y romana parecía inmutable, nos íbamos a librar de la nueva ciencia. Ni hablar. A este lado de los Pirineos también se hablaba aún, con el fin de asustar a los niños, de mitos como el chupacabras o el sacamantecas (también conocido como mantequero), y, como diría el gran Jan Potocki, los vampiros se distinguían de sus hermanos centroeuropeos por su forma de manifestarse (mientras allá son muertos que salen por la noche a chupar la sangre de los vivos, aquí son espectros que poseen los cuerpos terrenales), pero nada, ni la superstición ni la supuesta religión verdadera de la que España era máximo exponente en el mundo mundial, frenaría el avance imparable de la nueva ciencia, siendo así que, entre nosotros, la cabeza de Francisco de Goya y Lucientes, nada menos, sufrió el mismo destino que la del maestro masón Joseph Haydn, con la diferencia de que la anterior ha seguido y tal vez siga haciendo vida propia hasta el día de hoy en que no ha aparecido. Ignoramos qué morada es la que acoge ahora dicha reliquia, tal vez forme parte del ajuar doméstico de algún millonetis americano o chino y sirva como pisapapeles, vaya usted a saber. Tampoco sabemos si las protuberancias de la pintura y el grabado estaban plenamente desarrolladas, como las de la música en el caso de Haydn, a decir de Herr Peter. Ni tampoco si realmente esas protuberancias existen, pero bueno, ejem, pelillos a la mar.