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“El holandés errante” (1896), de Albert Pinkham Ryder (1847-1917)

El pasado 23 de diciembre tuve ocasión de asistir a la función de El holandés errante que tuvo lugar en el Teatro Real de Madrid, y aunque en condiciones normales no diríamos nada del montaje porque realmente en la AWSG lo que nos importa es la música, en esta ocasión no podemos dejar de comentar esta producción. Dejamos para mejor ocasión un análisis musical, que sin duda esta obra merece por ser la primera obra maestra del autor que da sentido a nuestra asociación.

Dicho esto, he de aclarar que lo que van ustedes a leer está basado en apreciaciones parciales, pues mi entrada era de visibilidad prácticamente nula y por ello me perdí gran parte de lo que ocurría sobre el escenario, sin que las pantallas que hay en el teatro sirvieran de nada, pues el montaje era tan oscuro que no se veía absolutamente nada.

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Vista desde el gallinero

Vamos al grano. Lo primero que hay que decir es que uno ya está cansado de que los responsables de cada producción únicamente piensen en el público que se sienta en el patio de butacas. Es verdaderamente cansino que sitúen sistemáticamente toda la acción de cada ópera en un lateral del escenario, lo que impide a los espectadores de ese mismo lateral ver algo. Quiero pensar que se basan en criterios artísticos, pero lo cierto es que los espectadores del gallinero, como es mi caso, también hemos pagado la entrada, no sólo para escuchar sino también para poder ver algo, y sin embargo eso se nos niega sistemáticamente. Entiendo que pagar menos me da derecho a una localidad con peores prestaciones, pero de ahí a que los directores de escena nos nieguen a todos los que pagamos menos de 65 euros el derecho a ver al menos un pelo de la barba del Holandés, media un gran trecho. No es cuestión de situar siempre toda la acción en el centro del escenario, pero vamos, de ahí a ir sólo a los extremos izquierdo o derecho, sin utilizar casi nunca el centro, pues qué quieren que les diga.

Lo segundo que llama la atención de esta producción es el montaje-ocurrencia que han perpetrado, que, hay que reconocer, no está exento de belleza en algunos momentos, especialmente por la iluminación, que juega en algunos momentos con puntos de luz rodeados de sombra de forma muy brillante, o en el principio, cuando se ve la lluvia que azota el barco de Daland. Es sin duda lo mejor del montaje. Más allá de eso… en fin.

El holandés errante es una ópera que sitúa la acción en un tiempo indeterminado y en algún lugar de la costa de Noruega. Esto se debe, entre otras cosas, a que Wagner estuvo a punto de naufragar en el Mar del Norte debido a una tempestad cuando huía de sus numerosos acreedores en una travesía con origen en Riga y destino en Londres, y ello supuso que el barco fuera arrojado a las costas de Noruega, concretamente a la localidad de Tvedestrand, donde Wagner, con el susto todavía en el cuerpo, recordó la leyenda del Holandés. O al menos así contaba él la historia, que verdaderamente funciona muy bien como anécdota por su componente dramático.

Sabemos que para Wagner el mundo germánico, y el tiempo de las leyendas, lo que Eugenio Trías denominaba mundo imaginante, constituía su escenario favorito, y es donde las leyendas y poemas que recorren su obra operística, es decir, prácticamente toda su producción musical, adquieren su pleno sentido y por lo tanto es en ese mundo imaginante donde se deben ambientar las producciones wagnerianas. De lo contrario, se descontextualizan y vacían de contenido. Es lo que desafortunadamente ocurre con esta producción del Holandés, que sitúa la acción, sin modificar el libreto (ya sería lo que faltaba, pero por lo menos tendría más coherencia con lo que se veía) en Bangladesh. Y más concretamente, en la ciudad portuaria de Chittagong. Es decir, de un lugar limpio y puro (en el sentido de descontaminado), nos trasladan la acción al puerto más contaminado del mundo. De un paisaje cuajado de riscos, peñascos, acantilados, fiordos y bosques con sus trolls y todo, nos trasladan a un paisaje más plano que los Países Bajos (quizá como homenaje inconsciente a la patria del Holandés) pero, a diferencia de éstos, lleno de mierda, de churretones costrosos, de oscuridad permanente (más que en Noruega, lo que, siendo Bangladesh un país tropical, no deja de tener su mérito), del frío escandinavo al calor tropical y de una sociedad cristiana a una islámica.

Ya en el segundo párrafo de las notas al programa, Àlex Ollé, de La Fura dels Baus, proclama que “a la hora de forzar una revisión contemporánea de una ópera como El holandés errante, es imprescindible…” bla, bla, bla. Empezamos bien, como ven. “A la hora de forzar”. He ahí la clave. Qué manía con forzar las historias con ese afán de ser originales. Continúa el Sr. Ollé jurando su respeto por la obra wagneriana y tal, pero con un tono que al menos a mí me recuerda irremediablemente aquel latinajo que decía excusatio non petita, accusatio manifesta. Y así, en efecto, nos transmite que ha intentado imaginar un lugar actual en el que una historia como la que se cuenta en esta ópera fuera posible. Así, se hace preguntas como “¿Puede creer alguien todavía en esta emanación de los infiernos? ¿En qué lugar un padre es capaz de vender a su hija por dinero? ¿En qué lugar la vida tiene tan poco valor que la muerte, a su lado, no es necesariamente una mala opción?” Esas preguntas llevan al Sr. Ollé a concluir que el puerto de Chittagong era la respuesta. Por supuesto, en la civilizadísima Noruega de hogaño no cabe imaginar ninguna burrada, ningún Anders Breivik asesino de setenta y siete personas, ningún padre desaprensivo, ningún creyente en los infiernos. Eso es de pobres, de orientales, que diría Edward Said, y por eso da lo mismo que se aluda a Noruega en el libreto y que toda la historia se desarrolle en el mundo germánico y sólo aluda al sur como idea de lejanía y exotismo, nos llevamos la acción a Chittagong hombre, así dejamos nuestra impronta, que lo que dejara Wagner escrito en el fondo es lo de menos. Total, ya hincó el pico hace tiempo, no se va a quejar.

Más adelante aludiremos nuevamente al aspecto ideológico de este montaje bengalí. Sin embargo, ahora tengo que aludir no tanto a dicho planteamiento, sino al práctico. Confieso que no sé nada de decorados, maquinaria, efectos especiales, etc., pero no puedo dejar de señalar el hecho notorio de que sobre el escenario había nueve toneladas de arena de playa, con lo que pretendía ser una orilla (eso sí se veía desde el gallinero) llena de porquería, algas, alquitrán y mierdas varias (ignoro si había colillas, desde arriba hay que tener una vista de águila para averiguarlo). Además de ver caminar con dificultad a los cantantes, se veía lo que parecía ser polvo en los haces de luz de los focos. Ya digo, ignoro si era polvo real levantado por la arena del escenario o era un efecto especial buscado. Si es el segundo caso, nada tengo que decir. Si es el primero, sin embargo, creo que no se puede hacer peor un montaje operístico. No hay que ser ningún experto para saber que los cantantes necesitan un ambiente con aire limpio, más que nada porque su instrumento es una parte de su propio cuerpo que se lleva mal e incluso muy mal con el polvo y la sequedad. Pero no sólo ellos, los músicos de la orquesta también necesitan un ambiente de aire limpio porque sus instrumentos son delicados. Huelga decir que el polvo se lleva muy mal con los instrumentos musicales, y que la polvareda que se veía ascender del escenario tenía que afectar negativamente a quienes tenían a su cargo transmitirnos la obra que compuso Wagner.

Otra cuestión práctica que merece un comentario es la gracieta de poner a los cantantes a descender mientras cantan por una escala bien empinada, no sé si con la inconfesable y perversa intención de ver cómo cae rodando y se rompe la crisma algún cantante que tal vez cae mal al director de escena. Vaya pedazo de escalera que se gastaron en esta producción. Para haberse matao, oigan. Tal vez algún día algún cantante alce la voz (nunca mejor traído) contra estos caprichos de directores de escena, pero hoy por hoy parecen adormilados, no sé si por sus cachés y sus bolsillos llenos o por alguna otra e inconfesable razón. Ellos sabrán. Yo desde luego no lo pasaba tan mal desde que en una representación de Don Giovanni, también en el Teatro Real, quien hacía de Doña Ana, o de Doña Elvira, o de Zerlina, no lo recuerdo bien, cantaba una de las arias principales de la ópera mientras daba vueltas en una bicicleta alrededor del Don Ottavio o del Masetto de turno.

Ya tienen ustedes, pues, la imagen, un escenario como para representar un apocalipsis zombi mientras suena la excepcional música del Holandés, una escalera rompecrismas y un paisaje plano, polvoriento, oscuro y cutre. Y en ese momento es cuando el timonel comienza su famosa y preciosa canción, Mit Gewitter und Sturm aus fernem Meer mein Mädel, bin dir nah!, canción que tiene lugar en el original en el puente del barco de Daland, el capitán del barco noruego. Pero a estas alturas qué más daba ya, que cante en la playa, que para eso hemos llevado una hasta Madrid y hay que amortizarla. En esa canción el timonel alude al viento del sur, a tierras y mares lejanos, y más concretamente, dice: “En costas sureñas, en tierras lejanas, he pensado en ti; a través de truenos y tormentas, desde playas moras te he traído un presente”. Énfasis añadido, que dirían los juristas. Un pequeño detalle sin importancia, pero claro, que en un barco noruego se aluda a las playas moras como sinónimo de lejanas, sureñas, exóticas, tiene sentido. Que se haga lo propio en un barco bengalí camino del desguace en Chittagong, pues francamente… de acuerdo, Bangladesh es hemisferio norte y queda mucho planeta hasta llegar a la Antártida, pero creo que la historia no iba por ahí.

Llegamos al momento en que se produce la entrada en escena del Holandés y su famoso trato con Daland, por el cual éste entregaría a su hija al Holandés. En el montaje se nos plantea como una venta por dinero, es decir, un matrimonio forzado de una joven con un viejo verde a cambio de riquezas. Sin embargo, si acudimos una vez más al libreto, esta visión contemporánea se desmorona, resurgiendo la visión romántica de Wagner, pues cuando el Holandés pregunta si le negarían echar el ancla tras tan arduo viaje, Daland responde: “¡Dios no lo quiera! Los marineros conocen bien la regla de la hospitalidad”. Es decir, el Holandés no tiene que comprar a Daland, pues éste desde el principio se muestra hospitalario y abierto a prestar ayuda. Es cierto que queda deslumbrado por las riquezas del Holandés y que muestra cierta codicia, pero de ahí a trasladar una leyenda y una visión romántica al mundo contemporáneo de los matrimonios forzosos en oriente no deja de ser una frivolidad. Sobre todo porque a Senta, la protagonista femenina de la ópera, realmente no le obliga nadie a nada. De hecho, antes siquiera de que el Holandés conociera la existencia de Senta, ofrece sus riquezas a Daland a cambio de hospitalidad por una noche, de modo que la idea del matrimonio viene después, no es el precio que Daland debe pagar para conseguir parte de esas riquezas.

Sacar el matrimonio forzoso de su contexto original noruego no deja de ser un rasgo que trasluce cierta arrogancia. ¿Nos incomoda tanto nuestro pasado? Parece que el concepto de matrimonio forzoso y acordado por los padres sin tener en cuenta la opinión de los afectados nos es completamente ajeno, pero a lo mejor echando la vista atrás descubrimos que no hace tanto que sucedía en nuestro ejemplar e inmaculado Occidente.

Y así llegamos al momento más evidente del disparate de montaje que han hecho. El segundo acto comienza con un coro de mujeres que esperan a los marineros mientras hilan junto al fuego, y en su canto aluden precisamente a la rueda: “Zumba y gira, buena rueda”, dicen. Decía el Sr. Ollé en sus notas al programa: “Los fantasmas de El holandés errante rezuman de sus sentinas y lo impregnan todo. Son el alma de la sociedad capitalista embarrancada en los escollos del siglo XXI. Es «lo otro» de nuestra sociedad, una mirada al otro lado del espejo de Occidente”. Toma ya. Toma frase. Toma frase pomposa y vacía, carente de significado. El párrafo sigue, pero excede mis capacidades de glosa. Lo que llama poderosísimamente la atención es que el Sr. Ollé no cayera en la cuenta de que en el Bangladesh del siglo XXI precisamente una de las actividades económicas principales es la textil, y tal vez haber puesto unas ruecas, o unas máquinas de coser cutres en un taller clandestino, ya que queremos “forzar” una visión contemporánea de esta ópera, hubiera sido mucho más apropiado que poner a unas mujeres vestidas con saris zarrapastrosos limpiando cacharros (eso es lo que parecía desde el gallinero) en una playa guarrindonga llena de porquería. Pero claro, hay que amortizar la playa, que en Madrid queda mu lejos.

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Playita en Chittagong con sombrillita y todo

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Saris zarrapastrosos, orilla apestosa… no me voy a Chittagong

Siguiendo con la descontextualización de la obra, nada mejor que situar una fiesta de marineros ebrios y sedientos de alcohol y mujeres en un país musulmán. Los devaneos de los marineros noruegos hubieran exigido una aplicación estricta de la sharia, finalizando ahí la representación. Hubiera sido lo más coherente. Pero bueno, a estas alturas si hay que poner una nave alienígena o una tribu de caníbales, se pone y punto. Las mujeres hacían movimientos de danza india mientras sonaba la música de Wagner. Como la paella esa de chorizo con marisco, sólo que además con un poco de curry y un chorrito de anís del mono. Más o menos así era el mejunje que quedaba.

El despiporre llega con el final de la ópera. Claro, imagínense, Senta vivía en un pueblo rodeado de riscos y acantilados, y ahí es fácil suicidarse lanzándose al vacío. En el caso de Bangladesh, hay muchas formas posibles de suicidio, pero lanzarse desde una roca no parece una de las más fáciles, básicamente porque es todo plano y arenoso. Por eso, y para seguir amortizando la nueva playa de Madrid, Senta permanece en la playa haciendo como que se muere, pero sin saltar ni nada (a lo mejor los músicos ya estaban hartos de tragar tanto polvo), y por lo tanto tampoco se ve (o al menos desde el gallinero) el barco del Holandés sumergiéndose en el mar y emergiendo con el Holandés y Senta abrazados, una vez que el desafortunado marino ha sido redimido por la mujer, que le ha sido fiel hasta la muerte.

En conclusión, todo este montaje tan forzado me recuerda ese momento de aquella magnífica película, Gracias por fumar, en que surge una idea para promocionar el tabaco después de un polvo interestelar protagonizado por Brad Pitt y Catherine Zeta-Jones. Aquí el momento en que se expone la idea de la supuesta película. Bien, pues eso es lo que La Fura dels Baus ha hecho con esta ópera de Wagner, sólo que, en lugar de un polvo interestelar, se trata más bien una paja mental, cosa que tiene menos gracia y, francamente, menos interés.