Parsifal en San Lorenzo de El Escorial

Mañana, 23 de marzo de 2013, celebraremos en la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial, a las 12:00 h., una conferencia-concierto en la que analizaremos lo esencial del Parsifal de Richard Wagner. Posteriormente se interpretará al piano el primer acto de esta última obra wagneriana, apoyada por material visual y textos que permiten seguir la acción.

¿Cabe mejor emplazamiento para hablar de esta obra que San Lorenzo, nuestro particular Monsalvat? ¿Cabe mejor plan que éste para empezar la Semana Santa?

Comentamos la segunda escena de «El Oro del Rin»

La segunda escena, tras la música de transformación y al despejarse el ambiente neblinoso y nuboso que caracteriza el interludio musical, tiene lugar en un espacio abierto e ilimitado en la cima de una montaña. Ello nos sitúa en una atmósfera tan opuesta a la que hasta ahora hemos presenciado que nos hace pensar en otro elemento: el aire; no en vano Wotan, el primus inter pares de los dioses, es el demonio del viento, personificación del ímpetu, en aspiración permanente a elevarse, a alcanzar la sabiduría.

Como bien nos recuerda Lynn Snock, si coincidimos en que los dioses, los nibelungos, los gigantes y las ninfas personifican fuerzas de la naturaleza que han adquirido forma, entenderemos cómo dentro de su propio ámbito conviven y ejercen su poder de forma armoniosa. Pero sus vivencias les llevan a traspasar las fronteras de su esfera particular, para transformarse, para afirmarse o para adquirir un mayor poder. Se trata de un impulso de tal naturaleza que Wotan toma el primer puesto en el reino de la naturaleza. Se convierte en el dios de la sabiduría, pero también de la guerra y la muerte, y también, en menor medida, de la magia, la poesía, la profecía, la victoria y la caza. Encarna igualmente la envidia.

Así, Wotan encarna las fuerzas irracionales y espontáneas, fuerzas creativas y arrebatadas, pero al mismo tiempo muestra una vocación por la sabiduría que le lleva a renunciar a su poder sobre los elementos oscuros que antaño dominara, y de hecho ha perdido su sombra, de la que nace Alberich. Nos recuerda Snock que su único deseo es alcanzar una esencia puramente divina, por lo que se esfuerza en adquirir la sabiduría, la humildad y el espíritu de sacrificio, pero al ser igual a sus semejantes, es decir, a los otros dioses, al elevarse simplemente por su propio ímpetu, no puede realizar esa misión más que por medio de sus propias acciones.

Así, Wotan logra la sabiduría por el conocimiento, la poesía, la magia y la renuncia o sacrificio. En efecto, entrega nada menos que su ojo izquierdo, al que renuncia, para poder beber de la fuente de Mimir, manantial de la sabiduría que se oculta bajo las raíces del fresno gigante, eje del mundo, Yggdrasil. Mientras bebía, Wotan vio todo el sufrimiento y los problemas que los hombres y los dioses deberían soportar, pero también vislumbró por qué era necesario que esto sucediera. Además de beber de esa fuente, Wotan conserva la cabeza de Mimir, que bebía a diario del manantial, habiendo alcanzado por tanto el grado supremo y absoluto de la sabiduría, y que sin embargo resultó decapitado durante las luchas entre los dos grupos de los dioses, los Vanir (culpables de la decapitación de Mimir) y los Æsir. Wotan, por medio de la magia, logra hacer hablar a la cabeza, que es una fuente inagotable de conocimiento. En seguida comentaremos la habilidad de Wagner para reinterpretar esta parte de la mitología, sin que por ello la obra pierda interés. Al contrario, resulta favorecida al otorgar a uno de los personajes un simbolismo mucho mayor. Pero no nos adelantemos todavía.

Hemos comentado que Wotan logra acrecentar su sabiduría, entre otras cosas, por la poesía. En efecto, Wotan conoce el secreto de las runas, lengua de los poetas, cuyo arte aprendió colgándose de Yggdrasil, el fresno, atravesado por una lanza durante nueve días y nueve noches:

Sé que permanecí suspendido
del árbol mecido por el viento
durante nueve noches, noches eternas,
herido por la lanza,
sin atributo de Odín.
Sagrado para mí, consagrado para mí,
el árbol ilustre encubre a todos
sobre las raíces
cuyo origen nadie conoce.

En cuanto a la poesía, Wotan la conoce gracias a que bebió de la hidromiel de la poesía que su hermano, Suttung, había obtenido de los enanos. Al beberla, derramó un poco sobre la tierra, otorgando así a los seres humanos la facultad del canto.

Wotan gobierna sobre los dioses y las demás criaturas, y lo hace a través de pactos que inscribe en su lanza, la cual talló con madera del fresno Yggdrasil, que etimológicamente viene a significar “caballo de Odín”. En esa lanza talla la runa de la revelación, concluyendo así un pacto con las leyes de la naturaleza y convirtiendo a su lanza en garantía del orden universal.

Una vez concluidos los pactos con todos los poderes de la naturaleza, e incitado por su esposa, Fricka, nace en él la idea de construir un castillo para glorificar su poder y su condición divina, además de para protegerse de la “traición de la noche”. Allí Fricka aspira a que Wotan deje de buscar la felicidad en tierras lejanas y encuentre el equilibrio interior y se una a ella solidariamente. Ese castillo, esa fortaleza, será el Walhalla, y los encargados de construirla serán los gigantes Fasolt y Fafner, con quienes Wotan (aconsejado por Loge, de quien más adelante hablaremos) sella un pacto en su lanza por el cual el precio a pagar por el Walhalla será nada menos que la diosa Freia, la que cultiva las manzanas doradas que mantienen eternamente jóvenes a los dioses.

Wotan, en cierto modo, se está retirando de la vida, llamémosla así, mundana, ha colmado sus ambiciones, prosigue con su camino en la sabiduría, y para no tener que vérselas con los acontecimientos que van teniendo lugar (por ejemplo, el robo del oro) decide dormir mientras los gigantes construyen el castillo, lo que no significa que no quiera intervenir más en el exterior. De ahí sus palabras a su esposa, Fricka: “Aunque quisieras, esposa, mantenerme dentro de la fortaleza, debes concederme, como dios, que, aun recluido, pueda ganarme el mundo exterior. Quien vive ama el cambio y la renovación”. Volvemos pues al comienzo de la escena segunda, cuando Wotan duerme, se disipan las nubes y se adivina el Walhalla ya construido. Es Fricka quien despierta a Wotan. Justo antes hemos escuchado el motivo del Walhalla, que ya hemos comentado que se trata del motivo del anillo transformado. Igualmente, Wagner lo trata de manera diferente:

Walhallmotiv

Fricka se muestra muy preocupada porque sabe que el pago por la construcción del Walhalla es su hermana y diosa Freia, quien por cierto cultiva las manzanas doradas que mantienen eternamente jóvenes a los dioses. Wotan trata de quitar hierro al asunto, e insiste en que Fricka no debe preocuparse, pues piensa que los gigantes no reclamarán el pago convenido o se conformarán con cualquier otra cosa. Pero Fricka insiste: “Hombres duros, ¿qué tenéis por sacro y valioso cuando codiciáis el poder?”. Justo al terminar esta frase escuchamos el motivo del anillo, asociándolo así al poder y a la codicia. Magnífica insinuación que capta el ambiente de inquietud que generará el anillo:
Ringmotiv sencillo

Por si no fuera suficiente con este clima de intranquilidad, Fricka insinúa que Wotan ha renunciado también al amor, cegado por la gloria del Walhalla. De hecho, más que insinuarlo, le acusa directamente: “¡Hombre miserable y sin amor! ¿Por el vano oropel del poder y del dominio te juegas, con blasfemo desdén, el amor y la valía de una mujer?”
Entsagungsmotiv sencillo

A medida que la acción avanza, vemos cómo los distintos motivos, la renuncia, el oro, el anillo, el poder, el Walhalla, se van entremezclando, creando y describiendo situaciones psicológicamente complejas, como piezas de un reloj que van encajando unas con otras. Cada acontecimiento, pues, lleva irremediablemente al siguiente, lo que muestra la habilidad teatral y narrativa de Wagner, quien altera en ocasiones la propia historia mitológica para reforzar personajes, relaciones entre ellos o también para simplificar los mitos originales, lo que resulta sumamente eficaz en el desarrollo del argumento de la Tetralogía.

Wotan protesta ante la acusación de Fricka, y le hace ver cómo (es aquí cuando Wagner se aparta por completo del mito original) para desposar a Fricka tuvo que renunciar a su ojo izquierdo. Así, Wagner logra, de un solo golpe que le evita recordar al público por qué Wotan es tuerto, unir al personaje de Fricka, diosa del matrimonio, las cualidades de la sabiduría y el conocimiento, pues hemos de recordar que en la historia original Wotan renuncia a un ojo a cambio de poder beber del manantial de la sabiduría, que fluye por debajo del fresno Yggdrasil y cuyo pozo lo custodia Mimir. De este modo Wagner concede al personaje de Fricka un interés mucho mayor al que tendría de seguir el mito de manera literal.

Wotan, pues, protesta ante la acusación de Fricka y asimismo revela que en realidad no piensa renunciar a Freia: “nunca lo consideré seriamente”. Vemos pues cómo en el mundo de los dioses, como en el de los humanos, el que hace la ley hace la trampa: Wotan inscribe el precio del Walhalla en su lanza, pero realmente no piensa cumplir su parte. Pretende, pues estafar a los gigantes de un modo, podríamos decir, muy español: “obedézcase la ley pero no se cumpla”.

Es en ese momento cuando hace su aparición Freia, quien huye de los gigantes que vienen a reclamar el pago:

Freiamotiv sencillo

Freia implora a su hermana, Fricka, y a Wotan, que le protejan de los gigantes que amenazan con llevársela. Y de hecho no tardan en aparecer, con un motivo de gran fuerza rítmica y uso de la percusión y el viento metal:

Riessenmotiv

Los gigantes son criaturas que representan la fuerza bruta, tanto en su lado bueno como en su lado malo. En cierto sentido, serían equivalentes a los titanes en la mitología griega, pues son anteriores a los dioses, y al igual que les sucediera a sus homólogos helenos, lucharon contra los dioses y fueron derrotados por ellos. Muchos murieron en el combate contra los dioses, pero no todos, y prueba de ello son Fasolt (que representa el lado bueno de la fuerza bruta) y Fafner (que representa el lado malo). Su simpleza les hace incapaces de comprender las argucias de Wotan y las largas que el dios trata de darles, pues intenta hacerles ver que aquel acuerdo se hizo en broma. Pero Fasolt, precisamente por su simpleza, no entiende el juego de Wotan: “¿Las runas del pacto que protege tu lanza son para ti una broma? Lo que eres lo eres sólo por los pactos”. Y añade: “Tienes cualidades para el poder  y lo dispensas bien. Nos ganas en astucia e inteligencia, y nos obligaste a nosotros, que éramos libres, a mantener paz. Pero maldigo todo tu saber y renuncio a tu paz si no sabes o no puedes aceptar, de manera noble y libre, cómo mantenerte fiel a un pacto. Un estúpido gigante te da este consejo; ¡Tú, sabio, apréndelo de él!”.

Ninguna excusa de Wotan logra persuadir a los gigantes, y cuando éstos están a punto de tomar por la fuerza a Freia tras un conato de violencia en el que se ven implicados los dioses Donner y Froh, aparece Loge, cuya presencia tanto anhelaba Wotan. La situación está en un callejón sin salida. En efecto, Wotan detiene a Donner, dispuesto a utilizar su martillo contra los gigantes: “¡Detente salvaje! ¡No hagas nada por la fuerza! ¡La punta de mi lanza protegerá el pacto!” Wagner refleja este momento así:

Vertragsmotiv

Antes de hablar sobre Loge, destacamos un aspecto de los gigantes que ayuda a comprender su negativa total a aceptar (por ahora) otro pago que no sea la diosa Freia. Como hemos dicho, los gigantes representan la fuerza bruta, pero además, en el caso de quien representa su lado bueno, Fasolt, se une el hecho de desear sinceramente a Freia, por su belleza y su delicadeza. De hecho, su única ambición es vivir con Freia y que ésta sea parte de su hogar: “¡Cómo podríamos conseguir, que con nuestras manos callosas y sudorosas, una mujer rubia y gentil quisiera vivir con nosotros, tan rudos! ¿Y ahora osas romper el trato?” así, a su incapacidad por entender que quien gobierna en virtud del pacto pretenda incumplirlo, se añade su anhelo de alcanzar la belleza y el amor.

Fafner, sin embargo, como veremos, se indigna igualmente ante el incumplimiento del pacto suscrito con Wotan, pero no pretende amor alguno y su voluntad no es tan férrea. Como veremos, preferirá el oro, ya que el lado malo sucumbe inmediatamente ante la tentación de la codicia.

Hemos mencionado a Loge. Es éste un personaje que convoca al último elemento que nos faltaba: el fuego. De hecho, es una personificación del fuego por voluntad de Wotan, quien le había descubierto en medio de las brasas y decide darle una forma tangible. Como el fuego, es de naturaleza volátil, hoy está aquí, mañana allí, está en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. De hecho, a lo largo de la Tetralogía se intuye su presencia pero no vuelve a aparecer.

Loge es, según algunos autores, otra alteración de la historia original por parte de Wagner, mezcla de dos seres mitológicos, Logi y Loki. Logi o Loge (en nórdico antiguo: «fuego») es un jotun (gigante) en la mitología nórdica, una deidad y personificación del fuego. Loki, por su parte, es un dios timador de la mitología nórdica, de naturaleza ambigua y cambiante. En las eddas es descrito como el «origen de todo fraude» y se mezcla con los dioses libremente llegando a ser considerado por Odín como su hermano o hijo, pero asesina a Baldur dos veces indirectamente, pues primero ordena su muerte, y después le impide regresar del reino de los muertos. Luego de esto los Æsir lo capturaron y le ataron a tres rocas. Se liberará de sus ataduras para luchar contra los dioses en el Ragnarök. A pesar de muchas investigaciones, la figura de Loki permanece oscura; no existen trazas de un culto y su nombre no aparece en ninguna toponimia. En términos religiosos, Loki no es una deidad: al no tener culto ni seguidores (no se ha encontrado ninguna evidencia o referencia a ello), es más bien un ser mitológico.

El Loge wagneriano viene a ser una síntesis de estos dos seres, pero sin la maldad de al menos Loki. Astuto, sagaz, burlón, irónico, hábil, está y no está, ayuda a Wotan a lograr sus propósitos, pero lo hace utilizando la astucia. Eso sí, al igual que el fuego, Loge no miente, no puede hacerlo. Wagner capta muy bien su esencia cuando presenta al personaje, asignándole un tema, llamémoslo así, crepitante:

Logemotiv

Wotan, supuestamente, prometió pagar con Freia a los gigantes a instancias de Loge, quien prometería al primer dios arreglar la situación. Wotan se encuentra en una situación complicada, pues sabe que los gigantes tienen razón y que debe acceder al pago que reclaman. Por eso espera como agua de mayo la aparición de Loge, pues desea valerse de su astucia para poder consumar la estafa a los gigantes.

Loge, sin embargo, va a suscitar la inquietud en Wotan al negar haber hecho promesa alguna en el sentido en que la entiende el primero de los dioses; éste le advertirá: “Con qué astucia evitas contestarme. Vete con cuidado si no quieres traicionar mi confianza. De entre todos los dioses,  yo soy tu único amigo; yo te acogí cuando los demás no se fiaban de ti. ¡Aconséjame inteligentemente! Sabes que no fue otra cosa que tu juramento de liberar a la noble prenda lo que me empujó a dar mi consentimiento, cuando los creadores del castillo me pidieron a Freia  como pago por su trabajo”. Loge responde: “Planear con sumo cuidado la manera de liberarla, eso es lo que prometí. Pero que yo mismo encontraría aquello que ni tan sólo existe ni nunca puede ser alcanzado… ¿cómo podría prometer nadie tal cosa?”. Los dioses reaccionan con indignación ante el comentario de Loge, tanto que el propio Wotan tiene que contenerlos. Véase en este pasaje la impopularidad de Loge entre los dioses, debido a que no sabe callarse a tiempo ni tampoco mentir.

Loge desvela a Wotan su plan para evitar el pago con Freia: “¡Ingratitud es siempre la recompensa de Loge! Preocupado sólo por ti, he buscado y he registrado, con febril obsesión,  todos los rincones de la tierra, para encontrar a Freia una sustituta que agradara a los gigantes. Busqué en vano, y ahora lo veo todo claro: no hay nada en todos los mundos tan apreciado por los hombres, que pueda sustituir el valor y la belleza de una mujer. Allí donde había vida y aliento, en tierra, en mar y en aire, allí pregunté a muchos; por todas partes pregunté,  dondequiera que las fuerzas de la naturaleza se movieran y las semillas fermentaran: ¿qué podrían considerar los hombres más poderoso que la belleza y el valor de una mujer?. Pero todo lo que tiene vida y aliento se burló de mi astuta pregunta: en tierra, en mar y en aire, nadie renunciaría al amor de una mujer Sólo a un hombre vi que había jurado rechazar el amor: a cambio de oro brillante, había renunciado al amor de las mujeres. Las transparentes hijas del Rin  me contaron su desgracia: el nibelungo, duende de la Noche, en vano buscaba los favores de las sirenas; y entonces el ladrón les robó el Oro del Rin en venganza: ahora es su más valiosa posesión, incluso más noble que una mujer. Por su radiante juguete, robado de las profundidades del río, las sirenas se quejaron a mí: a ti, Wotan, apelan para que el ladrón responda de su robo y devuelva el oro a las aguas, y así permanezca junto a ellas por toda la eternidad. Prometí a las sirenas  que te informaría de ello: ahora, Loge, ha cumplido su palabra”.

Wotan no quiere ni oír hablar de prestar ayuda ahora a nadie, porque no ha entendido el plan de Loge, pero al decir en voz alta esas palabras logra suscitar el interés de todos los presentes, incluidos los gigantes, que, a iniciativa de Fafner, exigen, para renunciar a Freia, el oro del Rin que ahora posee Alberich. Wotan sigue sin querer aceptar ese pago, pues le obligaría a actuar como un ladrón: “¡Os habéis convertido en unos idiotas desvergonzados y demasiado avaros!”. Fasolt no duda en agarrar de improviso a Freia, ayudado por Fafner, tomándola como rehén. Advierten a los dioses de que retendrán a Freia hasta la noche, plazo que dan a Wotan para que les traiga el oro. De lo contrario, se quedarán con la diosa para siempre.

Ante el estupor de los dioses, los gigantes se marchan con su rehén, mientras Fricka entona el motivo del dolor (“¡Dolor! ¡Dolor! ¿Qué ha sucedido?”):

Wehemotiv

Este motivo utiliza intervalos de segunda menor, algo que no sólo emplea Wagner para expresar dolor o lamento. Mahler, por ejemplo, también lo utilizará en su Quinta Sinfonía en el mismo sentido, y no es el único en hacerlo.

Los dioses comprueban cómo, ante la ausencia de Freia, empiezan a envejecer, lo cual hace que Wotan se alarme y se disponga a bajar inmediatamente al Nibelheim para robar el oro a Alberich ayudado por Loge.

Aquí termina la segunda escena de El oro del Rin, dando paso a una nueva música de transformación que conduce a la tercera escena sin que la música deje de sonar en ningún momento.

Lohengrin: notas al programa

Aquí dejamos unas notas al programa sobre el concierto que mañana por la mañana tendrá lugar en San Lorenzo de El Escorial, y que dedicaremos a Lohengrin, de Richard Wagner. Una sugerencia: léanse con sentido del humor, por favor.

“Querido Franz, querido amigo, sólo tú puedes ayudarme, sólo tú puedes comprenderme… ¡¡estrena mi Lohengrin, por Dios, estrénalo!! Me entregaré después en Dresden a la policía si es necesario y lo estimas oportuno, o si no viajaré lejos, muy lejos, me fugaré a España, a Andalucía…donde las naranjas son tan espléndidas como sólo tú sabes serlo siempre conmigo” (fragmento de una carta de Wagner a Liszt)

“Después de Lohengrin tuve un insoportable dolor de cabeza, y soñé toda la noche con un ganso” (Mili Alekseievich Balakirev)

Vorspiel

En el principio era Wagner[1], y sólo un dios podía comprenderlo: Ludwig II, Otto Friedrich Wilhelm von Wittelsbach de Baviera, el elegido y bienamado, el rey sol (entiéndase bien, de manera amónico-atónica[2]), der Märchenkönig[3], el primo loco de Sisí, ese ser desquiciado que sin duda nos precedía en generaciones y generaciones de sabiduría cósmica por su espeluznante lucidez, ese ser lo tenía claro: Ich bin Wagner, “¡Soy Wagner!” Y como una especie de Tristán lírico, entendió a la perfección que su irrenunciable misión era estar al servicio del verdadero Maestro, de Wagner, el verdadero y único Dios. Todo un rey de Baviera, la verdadera Alemania, hijo natural de Wotan, heredero teutónico del Walhalla absoluto, entendía a la perfección divinamente que el superhombre, el nuevo hombre, era Wagner, el verdadero dios.

Mientras el delfín de Alemania había encontrado su sentido místico y vital, Wagner huía de dondequiera que fuese acumulando multitud de deudas y causas políticas a porrillo, en compañía de dudosas amistades, Bakunin entre ellos, financiados por un bienhechor que puso franciscanamente una diligencia a su disposición con destino, a través de la quiebra de todo lo que a su camino encontrara, a la inmortalidad: Franz Liszt, el mentor de la wagneridad absoluta, el inventor de la wagneridad, el genuino creador de Wagner.

 Lohengrin

Música y drama

Wagner, allá por 1842, leyó durante su época parisina, que transcurrió en la pobreza, la cual compartió con su entonces esposa, Minna Planer, el relato de una antigua leyenda sobre el Caballero del Cisne, publicado en la revista histórica de la gloriosa ciudad de Königsberg, cuna del profesor Avernaticus Ambrosius y ciudad en la que Wagner contrajo matrimonio y acumuló deudas. Desde entonces, Wagner no dejó de pensar en las figuras de Lohengrin y Elsa hasta que finalmente acometió, incluso antes del estreno en Dresde de Tannhäuser el 19 de octubre de 1845, concretamente durante el verano de 1845 en Marienbad, donde se hallaba de vacaciones, la redacción del libreto de su nueva obra, Lohengrin. Terminado el 17 de diciembre de aquel año, Wagner lo leyó ante un grupo de amigos entre los cuales se encontraba Robert Schumann. Aquel grupo se mostró escéptico ante las posibilidades musicales del libreto, entre otras características por la ausencia de arias al uso, recitativos o cavatinas, tan acostumbradas en aquellos años en que la relación entre música y texto no era precisamente equilibrada.

Wagner no se desanimó, sino que era consciente de estar a punto de acometer una reforma que pondría patas arriba el mundo del arte. Una reforma que, en cierto sentido, apostaba por volver a los orígenes, a la unión íntima entre música y texto, al modo de cómo se recitaba la poesía siglos atrás, que era cantada, a la unión total entre música y drama, algo que ya consiguiera Claudio Monteverdi en su primera ópera, Orfeo (1607), y que no tendría continuidad en su producción operística posterior como Il ritorno d’Ulisse in patria (1641) o L’incoronazione di Poppea[4] (1642). En efecto, si Wagner en sus obras anteriores apunta ya hacia esta dirección, con Lohengrin da un paso de gigante, suprimiendo toda estructura que recordara una sucesión de arias interrumpidas por recitativos más o menos largos, cansando al espectador con los insoportables gorgoritos proferidos por el ego de los divos de turno. De hecho, suprime las arias entendidas según la tradición italiana del momento, creando un arioso que trata de realzar el sentido de los versos. Modelo, este último, que también nos recuerda la reforma de Gluck, iniciada en 1762 también con otro Orfeo, reforma radical que trató de eliminar las diferencias entre recitativo y aria gracias a un mayor protagonismo de la orquesta y un rechazo de los virtuosismos circenses, pensando siempre en la comprensión de los versos, de la historia, de la poesía.

Pero Wagner irá más lejos al proponer la conocida Gesamtkunstwerk, pues incluirá también la danza y la plástica, una concepción global del arte que culminará tras Lohengrin con la Tetralogía. Todo tendrá importancia, los decorados, la iluminación, los cantantes, que tendrán que ser también buenos actores, la orquesta, que tendrá una presencia masiva pero al servicio del texto y de la poesía, hasta el público, que debe estar entregado, consagrado a la obra de arte total. Todo cuenta, hasta el más mínimo detalle.

Dentro de esta concepción, Lohengrin no es aún una obra redonda, pero sí se aproxima mucho. Las diferencias entre los distintos números están ya muy difuminadas, y los leitmotive se conforman como elementos estructurales con los que se construye la propia música, dejando de ser meros elementos descriptivos de personajes. Incluso la propia obertura es diferente, al basarse mayoritariamente en el denominado tema del Grial, y con una forma abierta que huye de la forma sonata practicada por otros autores y se decanta por un desarrollo sonoro del tema, con un crescendo (no precisamente rossiniano) que vira hacia el recogimiento y misterio iniciales.

Wagner, como buen hombre de teatro, a pesar de ser alemán del norte, de formación protestante, si bien bastante descreído, tenía una inclinación filocatólica, quizá por el elemento teatral de la liturgia católica. Ello explica su elección sistemática por una mitificada Edad Media en la que encuentra la máxima encarnación de los valores alemanes. Ello es compatible con un sentimiento crecientemente proalemán reforzado por los éxitos económicos y militares de los Estados alemanes, éxitos que paradójicamente conducirán a la imposibilidad de una unificación territorial de todos ellos, proceso en el cual tuvo mucho que ver la guerra austro-prusiana de 1866.

Ese progermanismo wagneriano se aprecia muy claramente en la elección de los distintos lugares en los que se sitúa la acción de los dramas wagnerianos: Noruega, Flandes, Baviera, las Islas Británicas… territorios todos ellos susceptibles de engrosar una gran Germania soñada por entonces por algunos.

Así, podemos considerar como fuentes inspiradoras de los dramas wagnerianos la Edad Media alemana y cristiana, y la gran Germania y su mitología. Junto a estos elementos, la historia de Lohengrin se explica un poco en el poema de Wolfram von Eschenbach Parzival, y más detalladamente en el poema épico anónimo de finales del s. XIII llamado Lohengrin y en la épica francesa Le Chevalier au cygne. Wagner introdujo además elementos extraídos de las leyendas alemanas recopiladas por los hermanos Grimm, entre ellos la transformación de un muchacho en cisne.

Todo este cóctel nos sitúa por lo tanto en un espacio real, Amberes, no mítico como en Anillo o legendario como en el Holandés errante. Pero se trata, como explica Eugenio Trías, del lugar de la Mediedad, un espacio fronterizo como el que en las tradiciones orientales, persas o hispanas (pensemos en Ibn Arabi) podría llamarse mundo imaginante. Es ahí donde pueden tener lugar eventos que pueden proyectarse sobre nuestras vidas, eventos que constituyen una perpetua aspiración y anhelo que alcanza en el Grial su símbolo más claro. Una aspiración y anhelo que a veces no deben ser colmados, como la curiosidad de Elsa, una aspiración y anhelo que nos hacen soñar con vislumbrar Monsalvat, lugar al que todos quisiéramos ir, pero al que sólo deben entrar los iniciados. Una aspiración y anhelo que nos hacen, como diría Thomas Mann, como dijo Nietzsche, “nadar” en la música de Wagner, en esa melodía infinita que obnubila la razón, que nos sumerge en un letargo de ensoñación del que ni las propias y profundas amebas escapan.

Como comentábamos más arriba, el libreto causó escepticismo en el círculo más cercano a Wagner, lo que hizo que éste reflexionara sobre la obra y no abordara la composición de la música hasta mediados de 1846, composición que comenzó por el tercer acto, dejando el segundo, el que más dificultad entrañaba, para el final, junto con la obertura. Si en agosto de 1847 estaban terminados los bocetos de la obra, el 28 de abril de 1848 Wagner ultimó los detalles de la orquestación, quedando la obra lista para su estreno.

Sin embargo, los avatares políticos, la llamada Primavera de los pueblos (Märzrevolution en Alemania), vino a interponerse en el camino de Lohengrin, y de Wagner, hacia su estreno. En efecto, Wagner, muy aficionado a las algaradas callejeras y a las barricadas, participó con entusiasmo (ante el estupor de su esposa, Minna) en las protestas contra el Antiguo Régimen, lo que provocó la redacción de una orden detención contra él que le hizo poner tierra de por medio y encaminar sus pasos, gracias una vez más a la ayuda que le brindara Franz Liszt, a Suiza, donde había de escribirse un glorioso capítulo de la Historia de la música a costa de Herr Otto Wesendonck y sus prominentes cuernos, y de su nuevamente vejada esposa Minna. Pero esa es otra historia.

A causa de los avatares políticos, Wagner hubo de renunciar al estreno en Dresde de su sexta ópera, asumiendo Franz Liszt la responsabilidad para con el mundo de sacar adelante el estreno de la obra, lo que tendría lugar en Weimar el 28 de agosto de 1850, fecha en honor de Goethe, que había nacido un 28 de agosto de 1749 en Weimar, en condiciones precarias (tan sólo 38 músicos) que no borraron el entusiasmo del genio húngaro, quien exclamaría: “Desde el inicio hasta el final, todo en Lohengrin es sublime; en más de una ocasión las lágrimas me han salido del corazón”.

El estreno no supuso un fracaso absoluto, sino más bien lo contrario, y poco a poco fue representándose en numerosos teatros de Alemania, no siendo sin embargo hasta 1861 cuando Wagner pudo por fin presenciar una representación de Lohengrin. Para entonces Wagner era un compositor que despertaba pasiones entre masas de seguidores zombis[5] y detractores fóbicos[6], pero en todo caso consagrado y protagonista de la vida musical de su tiempo, desbordando sus fronteras temporales.

Entre los devotos de Wagner, hemos de citar, cómo no, a Ludwig II, su seguidor zombi nº 5, quien decidió construir su castillo de cuento de hadas tras presenciar Lohengrin. Gracias a ese bombillazo podemos disfrutar hoy de Neuschwanstein, Nueva piedra del cisne, aunque en origen se conociera como Nuevo Hohenschwangau (Gran Condado del Cisne, el castillo donde el joven Ludwig pasó gran parte de su infancia), pero, ejem… pelillos a la mar. Ludwig II fue un exquisito devoto tan fanático que llegaba a veces a exasperar al propio Wagner. Recordemos cómo llegó a ordenar a su orquesta privada en los salones de palacio que interpretara hasta diecisiete veces seguidas el preludio de Lohengrin, ante el hastío y la irritación de Wagner, quien no pudo aguantarlo más y se retiró a sus aposentos mientras el Rey del cuento de hadas seguía extasiado nadando en las aguas azul plata sobre las que navegaba el caballero del cisne.

En fin, Lohengrin fue una piedra angular en ese camino plagado de dificultades, deudas, problemas conyugales, príncipes, panegiristas y enemigos que fue la vida de Wagner.

Y así nos hallamos hoy aquí, recuperando una forma de hacer las cosas que nos acerca a las formas originales en que Wagner trabajaba sus obras, con un piano y una serie de acólitos enviados en parte, cómo no, por Franz Liszt. La primera vez que sonaron las notas de las obras de Wagner, también de Lohengrin, fue así, al piano, antes de su estreno en teatro, en la intimidad de una sala oscura sin público, con Wagner narrando el argumento y los distintos pasajes mientras un Tausig o un Klindworth de turno tocaban la partitura al piano. Seamos, pues, Urtext, alcancemos el Nirvana, toquemos Wagner al piano, seamos como Ludwig II, ese rey loco, el verdadero iluminado del Ganímedes wagneriano[7].


[1] In principio erat Wagner (Zuerst war Wagner).

[2] Entiéndase amónica como de Amón y atónica del dios Atón.

[3] El rey del cuento de hadas.

[4] Entiéndase bien, por lo menos en la producción que nos ha llegado completa, como esas dos óperas citadas.

[5] Entre ellos, podemos citar al seguidor zombi nº 1, Hans von Bülow (1830-1894), ferviente entusiasta y fanático wagneriano que más tarde abrazaría las profundas y serenas aguas de la brahmsianidad, convirtiéndose también en ese terreno en el seguidor zombi nº 1. Un zombi doble, por tanto.

[6] ¿Cómo no recordar al anterior seguidor zombi nº 2, Friedrich Nietzsche, posteriormente renegado?

[7] Entiéndase bien, del Ganímedes wagneriano sideral.

¡Última hora! Lohengrin en San Lorenzo de El Escorial

Por razones de agenda, nos vemos obligados a modificar el programa del concierto perteneciente al ciclo wagneriano que se celebrará mañana, día 2 de marzo de 2013, en San Lorenzo de El Escorial. En lugar del previsto Nietzsche vs. Wagner, hablaremos sobre Lohengrin, e interpretaremos el primer acto de esta ópera en versión para piano solo, realizada a partir de transcripciones de Klindworth, Liszt, Marosnagyvölgy, Recas y Kaufmann. Como siempre, contaremos con hermosas imágenes y textos que nos ayudarán a seguir correctamente la música. Esta tarde publicaremos un texto para poder comprender mejor esta obra.

Comentamos la primera escena del prólogo de la Tetralogía

Como todo buen aficionado a la música sabe, y no hace falta ser wagneriano, la historia de la composición del Anillo del nibelungo es, por utilizar un término musical algo rebuscado, cancrizante. En efecto, Wagner deseaba componer un drama sobre la muerte del héroe germánico por excelencia, Sigfrido, pero en seguida comprendió que una obra que abordara exclusivamente la historia del asesinato del héroe quedaba un tanto coja. Por ello, decidió que a la muerte de Sigfrido había de precederle un drama sobre su juventud. Y a ese drama, otro que hablara de los orígenes del héroe. Pero la historia seguía quedándose un tanto corta. Al fin y al cabo, en una serie de dramas en los que los hombres y los dioses se mezclaban se requería naturalmente de un punto de partida que explicara el marco a partir del cual se desarrollan los dramas que componen la Tetralogía. Y ese punto de partida nos sitúa en un ámbito puramente mitológico en el que no hay hombres sino dioses, ninfas, nibelungos y gigantes.

Así pues, Wagner concibió en último lugar la que a la postre se convirtió en la primera obra de la Tetralogía, no sólo por el orden que ocupa en ella, sino también porque fue la primera en ser terminada, concretamente en 1854.

La estructura de esta obra es muy interesante, pues, al concebirla como gran prólogo, Wagner no escribe un drama con obertura y tres actos, como acostumbraba, sino un gran fresco compuesto por cuatro escenas o cuadros. No hay separación entre las escenas, lo que añadía gran complejidad a la tarea de los escenógrafos, pues éstos tenían el tiempo muy ajustado para cambiar decorados.

Cuatro elementos, cuatro escenas

El Oro del Rin  comienza con un preludio formalmente incluido en la escena I. Se trata de un preludio muy diferente a cualquier otro de Richard Wagner. Todo el preludio está construido a partir de una única idea musical:

Naturmotiv

Este motivo, Leitmotiv como se suele denominar, momento melódico como diría Wagner, es el motivo de la naturaleza. No es casualidad que la tonalidad elegida por el autor sea Mi b M (Mi bemol, esa nota que emiten los barcos de forma poética y hermosa) una tonalidad utilizada a menudo para describir momentos primarios, originarios, que en este caso nos conduce a un universo intemporal, al nivel de las profundidades, más concretamente de las aguas profundas y frías del Rin.

Se trata también de una tonalidad en ocasiones relacionada con la representación de la Trinidad cristiana. Nada menos que Johann Sebastian Bach, en su Preludio y Fuga en Mi b M, BWV 552, según autores y estudiosos entre los que podemos mencionar a Albert Schweitzer o a Peter Williams, utiliza la tonalidad de Mi b M para representar la Trinidad.

Wagner emplea una nota pedal perpetua (nunca deja de sonar durante el preludio) que sólo desaparece cuando la ninfa Woglinde comienza su canto.

Decíamos que esa única idea musical ocupa todo el preludio, pero no es menos cierto que, manteniendo ese ambiente primario y tenebroso, Wagner va descomponiendo o transformando dicha idea, anunciando así una de las características de su forma de componer, dado que Wagner transforma a menudo los motivos, otorgándoles un carácter diferenciado, aun cuando estén constituidos por el mismo o muy similar material. Así, si la obra comienza de una forma estática, en aguas profundas y calmas, poco a poco vamos subiendo y vamos pasando de las tinieblas a la penumbra. No deja de ser un efecto cinematográfico, como si la cámara ascendiera desde las profundidades hacia la superficie.

Naturmotiv 2 fragmento

Poco a poco vamos distinguiendo, así, formas imprecisas, como cuando despertamos de un sueño profundo. Y al abandonar finalmente el estado de inconsciencia primario en el que comienza la obra, distinguimos unas formas femeninas: las hijas del Rin.

Las hijas del Rin son ninfas de movimiento sensual y ondulante y de belleza arrebatadora. Su canto es melodioso y atrae a aquellos que las oyen, pero éstos no resultan devorados como les sucedía a los desdichados que acababan en manos de las sirenas a las que Ulises quiso escuchar, ni sus barcos encallados como a la ondina, digámoslo así, vecina de las hijas del Rin, Lorelei, a la que por otra parte tanto debe Wagner, pero esa es otra historia.

Tres son las hijas del Rin, lo cual resulta significativo si tenemos en cuenta que la tonalidad de Mi b M tiene tres bemoles. Woglinde, Wellgunde y Flosshilde poseen un carácter juguetón y disfrutan seduciendo a los seres que se acercan a ellas, lo que alienta la idea de que se trata de espíritus prisioneros de su condición y desprovistos de la facultad del razonamiento. Por ello, aun cuando saben que guardan un tesoro incalculable y que puede otorgar un poder ilimitado a quien lo robe, son incapaces de sujetar su lengua, que les traiciona por su despreocupación y su alegría (¿frivolidad?) innatas.

Wagner refleja sus movimientos ágiles y ondulantes, así como su carácter alegre y juguetón en el motivo que les describe:

Rheintöchtermotiv

La capacidad de Wagner para crear atmósferas y climas es extraordinaria. Hemos pasado de un ambiente umbroso y frío a la despreocupación y ligereza que caracteriza a las Hijas del Rin. Por ahora, todo transcurre en un elemento, el agua, al cual pertenecen las tres ninfas.

Súbitamente, aparece una criatura que pertenece a otro elemento y que va a provocar con un insólito gesto, que ahora comentaremos, la cadena de acontecimientos que finalmente conducirá a la caída de los dioses. Nos referimos a Alberich, el nibelungo.

Alberich es un nibelungo, una criatura fea y desagradable que pertenece a otro elemento, la tierra, y por decirlo de manera más precisa, al subsuelo. En efecto, los nibelungos viven bajo tierra, alejados de la luz. Alberich asume un papel opuesto al de Wotan, constituyéndose de hecho en su reverso psicológico. Wotan había sido antaño el cabecilla de una horda bárbara, renuncia a su poder sobre los elementos oscuros anclados en el fondo del suelo, y, de hecho, en el momento en que se sitúa la acción, Wotan ha perdido la sombra de la que Alberich ha nacido. Sombra deseosa de conquista, Alberich surge desde el abismo del Nibelheim, encontrando en primer lugar a las ninfas que custodian el oro del Rin. Deslumbrado por la belleza de las tres hijas del Rin, Alberich trata de conquistarlas, pero sus movimientos torpes, así como sus vulgares insinuaciones sólo provocan el desprecio y las burlas de Woglinde, Wellgunde y Flosshilde, quienes, una tras otra, humillan al nibelungo, causándole una enorme frustración e ira.

Cuando los primeros rayos del alba aparecen, el oro del Rin brilla resplandeciente en el peñasco donde es custodiado. Alberich, que ignora por completo todo lo relativo al oro, pregunta a las criaturas escurridizas que le han humillado qué es aquello. Su ignorancia acerca del oro azuza aún más las ganas de mofa de las ninfas, quienes, deslenguadas, revelan el secreto del oro del Rin a Alberich: quien consiga hacerse con el oro, podrá forjar con él un anillo que otorgará un poder ilimitado a su dueño, que podrá dominar el mundo. Es aquí cuando escuchamos el motivo del oro:

Rheingoldmotiv

Pero no cualquiera puede robar el oro. Sólo aquel que renuncie al amor podrá hacerlo, y las ninfas piensan que Alberich nunca lo hará, dado que les ha perseguido lleno de deseo. No cuentan con que el nibelungo, preso de la frustración y de la ira, y deseoso de conquista, está más que dispuesto a pagar el precio de renunciar al amor. Y así sucede, Alberich prefiere dominar el mundo antes que seguir persiguiendo ninfas, renuncia al amor y roba el oro, con el cual regresa al Nibelheim.

Antes de continuar, me parece interesante comentar la idea del anillo como símbolo de poder. En las sagas islandesas en las cuales en parte Wagner tomó inspiración, la forma de expresión es a través de menciones enigmáticas, equivalencias que reciben el nombre de kenningar. Jorge Luis Borges nos ofrece un estupendo ejemplo en su libro Historia de la eternidad, concretamente en el capítulo que dedica precisamente a las kenningar. Así, sabemos que la pradera de la gaviota es el mar, el aniquilador de la prole de los gigantes es Thor, el rocío de la espada es la sangre, la luna de los piratas es el escudo, la perdición de los enanos es el sol… lo interesante es el nombre que recibe el rey: señor de anillos… ¿les suena? Símbolo por tanto de poder desde tiempos muy antiguos, el anillo se asocia al oro, que recibe también bastantes sobrenombres, como “resplandor de la mano” o “lecho de la serpiente”; pero mi favorito es “bronce de las discordias”. El oro y otros metales preciosos, por otra parte, también se asociaban al poder, pero éste los utiliza para aparecer ante los ojos de todos con una connotación de generosidad que realce su figura.

No es por tanto invención de Wagner, ni por cierto tampoco de Tolkien, el anillo como símbolo de poder, pero sin duda ellos son los que mejor lo han sabido contar y explotar.

El anillo, por cierto, tiene su propio motivo, que transformado será también el motivo del Walhalla. Sin embargo, si este último tiene un carácter solemne, imperial, el motivo del anillo es sombrío, siniestro, refleja inquietud, la intranquilidad que porta consigo:

Ringmotiv

Así, Alberich roba el oro, pero, incapaz de sentimientos algo más nobles y de apreciar la belleza no ya de las formas femeninas, sino también de las cosas y de la luz, regresa a las tinieblas del Nibelheim, donde forjará no sólo el anillo, sino también esclavizará a los demás nibelungos. Es ahí donde termina la escena I del Oro del Rin, pero, como ya hemos comentado, la música nunca deja de sonar. Escuchamos un interludio que Wagner denomina Verwandlungsmusik o “música de transformación” que nos conduce hacia la segunda escena, que comentaremos en otro momento.

Antes de terminar, me gustaría destacar cómo en la ópera alemana el amor suele redimir, mientras que en la italiana suele matar. Es esa una diferencia fundamental que ayuda a explicar por qué el precio para robar el oro es la renuncia al amor. Es inconcebible, para un alemán romántico, que alguien se plantee siquiera renunciar al amor, es algo tan monstruoso que no cabe en cabeza humana ni de cualquier otra criatura. Por ello el poder de Alberich resulta contra natura, es artificioso a la par que absoluto. Algo, por cierto, parecido a lo que algunos Estados europeos de la época en que Wagner compuso la Tetralogía vivían. Pero ese es otro debate que dejamos para mejor ocasión.