“Sólo sé que… ¡no soy Wagner! Sálveme o sálvese, doctor”

(Groucho Marx parafraseando a Wagner… ¿o era Woody Allen?)

En efecto, querido amigo, a menudo los wagnerianos furibundos son en el fondo profundamente antiwagnerianos por ser excesivamente cortos de miras. Pero nosotros tratamos de huir del universo monowagneriano (¿o más bien monowagneríaco?) asumiendo y amando la enorme riqueza musical del siglo en el que Wagner vivió. Es más, a menudo a partir de los antagonistas de Wagner es posible disfrutar más aún si cabe de las obras del maestro de Leipzig, aunque sólo sea por el contraste, que no la comparación, pues lo siento, y quizá en boca de un wagneriano suene raro, pero no es superior el Anillo al Quinteto con clarinete de Brahms, por poner un ejemplo, o al Requiem de Fauré, por citar otro.

Así pues, disfrutemos con los antagonistas de Wagner, con aquellos que por culpa de multitudes de zombis que rodeaban a D. Ricardo Carretero, acabaron por ser odiados por Él, a veces por motivos de animadversión personal, a veces por motivos de envidia musical, a veces por ambos, a veces simplemente por el atrevimiento de existir y componer sin el permiso de Él, el único, el creador de todo el universo músico-artístico-germánico-occidental (aunque a veces fuera en vidas pasadas). Con los antagonistas… y con el propio Wagner, claro, tampoco es cuestión de dejarle al margen, y menos nosotros, una asociación wagneriana de recentísimo abolengo…

A la hora de preparar este acto hemos pensado no sólo en los antagonistas de Wagner, sino también en sus “víctimas”. En efecto, muchos fueron los que se sintieron acomplejados y por ello compusieron poco o nada (o minusvaloraron lo que compusieron, caso de Bruckner), otros se sintieron aplastados por Él y por ello perdieron toda voluntad e independencia (por mucho que lo niegue, Pierre Boulez es un claro e infumable ejemplo de ello), otros se sintieron vilipendiados y sufrieron por ello sin esperanza (caso por ejemplo de Hugo Wolf, por otro lado un talibán wagneriano), y otros sencillamente… fenecieron. En efecto, y esto es un tema de tesis (búsquese una universidad de esas de “excelencia” y utilícese esto para elaborar una tesis doctoral), muchos de los que se acercaron a Él murieron antes de tiempo. Casos como el de Carl Tausig (que murió de tuberculosis con 29 años) o Joseph Rubinstein (secretario de Wagner, judío, que se suicidó), o incluso el de Franz Putzi (otro malogrado alumno de Liszt que se acercó demasiado a la Villa Wahnfried, pero sin las necesarias pilas oficiales marca Siegfried) son como mínimo extraños y dignos de figurar como protagonistas de un reportaje de Cuarto Milenio. Todos murieron tras hacer de pianistas privados en las sesiones en las que Wagner presentaba sus obras (incluso antes de orquestarlas) ante un selecto grupo de invitados que, entre descomunales bostezos, loaban las excelencias de cada nueva creación wagneriana. ¿Muertes por fiebres wagnerianas, quizá?

Por ello, les invitamos a un concierto de lo más variopinto. Obras de Nietzsche, el otrora zombísimo wagneriano por excelencia, de quien podremos escuchar una versión de su Manfred-Meditation para piano solo (la original es para piano a cuatro manos), obra destrozada por otra víctima zómbico-wagneriana, Hans von Bülow, quien dijo de ella: “¿Es conscientemente que usted desprecia todas las reglas de la composición, de la sintaxis superior a las leyes más elementales de la armonía? Pongo aparte su interés psicológico, … su Meditación, desde el punto de vista musical, no tiene otro valor que el de un crimen en el orden moral¨[1]. A pesar de la crítica de Hans von Bülow, queremos escuchar esa obra, queremos comprobar cómo, a pesar de sus palabras severas, a nuestros oídos el resultado sonoro no es tan cacofónico como lo era para los coetáneos de estos dos personajes, pero quizá por una simple cuestión de impericia técnica que hace que sus obras suenen modernas, o al menos no tan lejanas a nuestro mundo sonoro de hoy.

Manfred 1

Escucharemos también algunas piezas breves del filósofo que quiso ser compositor (¿o quizá del compositor que quiso ser filósofo?), que confirman la aseveración que cierra el párrafo anterior. Se trata del Himno a la vida, obra original para coro transcrita para piano solo por Faustus von Flickenstein, y por último So lach doch mal, pieza breve original para piano solo.

No podemos dejar de lado la música de Wagner, claro está, y por ello cerramos el semestre con la Muerte y marcha fúnebre de Sigfrido, de la última ópera de la Tetralogía, El ocaso de los dioses. Se trata de una magnífica versión[2] que nos transporta al momento en que Sigfrido cae presa de la traición orquestada por Gunther y Hagen y es alcanzado por su lanza en el único punto vulnerable del héroe: una zona de la espalda que no fue bañada por la sangre del dragón Fafner (este punto fue modificado por Wagner pero no vamos a entrar ahora en eso), cuando Sigfrido lo mató en lo profundo del bosque.

muerte de sigfrido

Tras eso, sonará la música de la marcha fúnebre de Sigfrido, uno de los momentos más potentes de toda la Historia de la música en el que el cadáver del héroe es llevado en procesión fúnebre y que acerca el final de la Tetralogía y la caída final de los dioses. Pero en esta ocasión, la marcha fúnebre va por las numerosas víctimas de la wagneridad profunda: Franz Liszt, Minna Planer, Luis II, Friedrich Nietzsche, Hugo Wolf, Johannes Brahms, Hans von Bülow, Carl Tausig, Franz Putzi, Richard Kleinmichel, Karl Klindworth, Thomas Mann, Joseph Rubinstein, Hector Berlioz, Frederic Chopin, Albert Schweitzer, Paco Porras, Siegfried Wagner, Jacques Offenbach, Gabriel Fauré, Georges Bizet, Ditta von Tesse, John Lennon, Arnold Schönberg, Piotr Ilich Tchaikovsky, Max Reger, Fritz Lang, Isolde von Bülow, Otto Wesendonck, Nicolás II, Hans y Sophie Scholl, August Stradal, Bakunin, Albert Einstein, Felix Mottl, Wieland Wagner, Lucchino Visconti, Alexander von Zemlinsky, Camille Chevillard, Giuseppe Verdi, Ervin Nyiregyhazi, Groucho Marx, Ferruccio Busoni, Eva von Bülow, Hermann Zumpe, Louis Brassin, Isadora Duncan, Anton Webern, Hans Pfitzner, Felipe Pedrell, Karl Straube, Woody Allen, Conrado del Campo, Pierre Boulez y un largo etcétera de almas zombificadas que perdieron la autonomía de la voluntad por tomarse demasiado en serio la wagneridad total.

Escucharemos también el movimiento lento de la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky. Un compositor a veces tratado de blando, pero que sin duda es uno de los grandes maestros de la orquestación y de la melodía, y que no es ajeno en alguna de sus óperas al recurso del leitmotif, si bien no con la misma cualidad que el maestro alemán. Al mismo tiempo, Tchaikovsky estuvo en Bayreuth y quedó muy impresionado por aquello que vio, pero, maniático como era y reacio ante todo lo que no sonara a Mozart o a sí mismo, terminó por rechazar el universo wagneriano, acercándose en lo personal (que no en lo musical) a otro antagonista y víctima en grado de tentativa, Johannes Brahms.

Del autor hamburgués escucharemos una auténtica primicia en España: su Albumblatt de 1853, una hoja de álbum que permaneció durante casi 160 años perdida entre unos papeles en una biblioteca (discúlpenme por no dar todos los detalles correctos, pero hay controversias entre varios personajes, algunos de renombre, que quieren apropiarse del hecho del descubrimiento) y que hace dos años se estrenó en Estados Unidos. Se trata de una hermosa y sencilla pieza breve cuya melodía sirvió a Brahms para componer el segundo movimiento, unos doce años después, de su Trío para violín, trompa y piano op. 40.

Concluiremos el concierto con una transcripción para piano solo por el pianista búlgaro afincado en Francia Emile Naoumoff de un Requiem luminoso, blanco, elevado. El Requiem de Gabriel Fauré, que se aleja de las visiones terroríficas del más allá y de la muerte que nos acercan otras misas de Requiem como por ejemplo las de Mozart y Liszt. Se sitúa, pues, más en la estela del Requiem alemán de Brahms, es decir, en la alusión permanente al consuelo y a la esperanza, pero con una alegría y un éxtasis mucho mayor; sería una especie de Requiem franciscano, en el sentido de que muestra un profundo agradecimiento por la vida y una ausencia total de temor ante la muerte. Una música, por tanto, que nos sumerge en una intensa meditación y nos arrastra hacia los terrenos más serenos del alma.

En definitiva, les invitamos a alcanzar con nosotros el Ganímedes wagneriano sideral el próximo jueves 27 de junio a las 19:30 h. en el salón de actos de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Navales (ETSIN), en la Avda. Arco de la Victoria, 4, 28040 Madrid, metro Moncloa.


[1] Carta de von Bülow a Nietzsche de 24 de julio de 1874.

[2] No es de Max Reger, gran compositor y transcriptor wagneriano… otra vez será.