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El pasado 1 de febrero, como siempre en la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial, tuvo lugar la primera conferencia-concierto de la continuación de la presente temporada 2013-2014 en la que, como hemos anunciado ya, el hilo conductor serán los Poemas Sinfónicos de Franz Liszt.

Tuvimos el gusto de comentar y escuchar el Poema Sinfónico Hamlet, el Poema Sinfónico nº 10, compuesto en 1858. Según Pierre-Antoine Huré y Claude Knepper, se trata de un Poema Sinfónico que conserva la forma de pirámide del original shakesperiano, en el sentido de que en su desarrollo se observa una progresión ascendente que posteriormente desciende. Así, los actos I y V presentan un nivel de acción casi nulo en tanto que exposición y desenlace, los actos II y IV son actos de transición, el pasaje al, o la salida del, acto III, corazón de la obra, nudo central en torno al cual todo gravita.

Pirámide Hamlet

La estructura de la pieza musical sigue, por lo tanto, este esquema, siendo cada parte más o menos equivalente en minutaje. Lo que está claro es que Liszt consigue una simbiosis extraordinaria entre música y texto, reflejando en el mundo sonoro la atmósfera de duda que rodea al personaje de Hamlet, así como la acción del drama.

En una carta de 18 de enero de 1856, Liszt escribe a su amiga Agnès Street-Klindworth acerca de Hamlet y a propósito de una representación que tuvo lugar en Weimar de la obra de Shakespeare, con el actor Bogumil Dawison (que hacía entonces con Shakespeare lo que los rusos con Polonia) lo siguiente: “Él crea mientras interpreta. Su concepción del papel de Hamlet es completamente nueva. No lo toma por un soñador ocioso que se derrumba bajo el peso de su tarea, como se le ha visto convencionalmente desde la teoría de Goethe (en Wilhelm Meister), sino por un príncipe inteligente y osado, con objetivos políticos elevados, que espera el momento propicio para vengarse y para alcanzar al mismo tiempo la meta de su ambición de ser coronado en el lugar de su tío. Obviamente, el último resultado no podía alcanzarse en las veinticuatro horas convencionales [Liszt creía que la acción de Hamlet se completaba en el plazo de un día] – y las expectativas que Shakespeare construyó para el papel de Hamlet, sus negociaciones y relaciones secretas con Inglaterra, que se denuncian claramente al final de la obra, en mi opinión justifican por completo la concepción de Dawison, con el debido respeto al Sr. Goethe y los estetas de la regla general. Al mismo tiempo, Dawison resuelve muy afirmativamente la cuestión de si Hamlet ama o no ama a Ofelia. Sí, Ofelia es amada; pero como todas las naturalezas excepcionales, Hamlet exige imperiosamente el vino del amor de ella y no se satisfará con suero. Él quiere ser comprendido por ella sin ceder a la necesidad de explicarse. Visto así, es Ofelia quien corresponde a la noción generalmente aceptada del personaje de Hamlet; es ella quien es aplastada por el peso de su papel a través de su incapacidad de amar a Hamlet como él necesita ser amado, y su locura no es más que el decrescendo de un sentimiento cuya vaporosidad no le permite permanecer en la esfera de Hamlet”.

Hamlet y Horacio en el cementerio (1839), de Eugène Delacroix (1798-1863)

Quizá no es lugar para entrar en disquisiciones al respecto, pero nosotros en realidad vemos a Hamlet como el malo, el príncipe que en efecto pasa por encima de cualquier cosa para lograr sus fines, acabando con la estabilidad lograda en el reino, que por otra parte se ve amenazado por una más que probable invasión noruega. Asimismo, Hamlet basa toda su acción de venganza partiendo de un hecho que realmente no se sabe si es cierto o no, ya que es un fantasma, entre brumas o ensoñaciones, un fantasma que dice ser el antiguo rey, quien comunica al príncipe que fue asesinado por su tío al verter éste veneno en su oído mientras el rey dormía. Tras multitud de intrigas, duelos, caída en la locura de un personaje inocente como Ofelia, resulta que tanto Hamlet como el rey resultan muertos, entrando plácidamente los enemigos del reino en el castillo de Elsinor, dado que por las disputas internas en la corte nadie se ha ocupado de frenar la invasión noruega… en fin, juzguen ustedes mismos si la actuación del príncipe Hamlet resulta a la postre beneficiosa para sus propios intereses. No obstante, ahí está la grandeza de la obra, que juega con la locura tanto real como fingida, trata de temas como el dolor, la ira, la traición, la venganza, la corrupción (todo ello muy de actualidad en nuestro querido suelo hispánico) o el incesto.

En segundo lugar pudimos escuchar el segundo movimiento de la Sinfonía Fausto de Liszt, el movimiento titulado Gretchen, pues es dedicado a la figura de Margarita. Figura femenina que representa la inocencia virginal, se encuentra tan obsesionada con Fausto que, al desojar la margarita, el característico “me quiere, no me quiere”, Liszt utiliza el recurso melódico tan sutil de ir introduciendo poco a poco el tema de Fausto, hasta hacerse casi predominante, tejiendo en todo caso un magnífico dueto de amor. Según otra interpretación cuyo autor no recuerdo ahora, en realidad este movimiento sigue siendo Fausto, es decir, Margarita sería una ensoñación, una creación del propio Fausto, que es incapaz de amar desinteresadamente y por lo tanto proyecta su sombra cada vez mayor sobre la figura femenina (¿un ansia de dominación, tal vez?).

Por último, tuvimos ocasión de escuchar la Procesión en la noche, siguiendo los episodios del Fausto de Lenau. Se trata de un episodio especialmente trágico en el que Fausto contempla la procesión fúnebre de Margarita, muerta por culpa (algo parecido a Ofelia con Hamlet) de Fausto, con el siniestro añadido de que Margarita es, a su vez, culpable de haber asesinado al hijo nacido de su relación con Fausto.

En fin, un programa algo tenebroso, a qué negarlo, pero de una gran calidad musical y que toca muchos temas perennes para el ser humano.